martes, 23 de diciembre de 2008

Lo que sé sobre toros y toreros/ Perez Reverte


Por Arturo Pérez Reverte

Domingo, 21 Diciembre, 2008/ milenio.com

Hace cosa de un mes, por una de esas emboscadas que a veces te montan los amigos, anduve metido en pregones y otros fastos taurinos sevillanos. Fue agradable, como lo es todo en esa ciudad extraordinaria; y quedé agradecido a la gente de la Maestranza, amable y acogedora. Pero todo tiene sus daños colaterales. Ayer recibí una carta desde una ciudad donde cada año, en fiestas, matan a un toro a cuchilladas por las calles, preguntándome con mucha retranca cómo alguien que se manifiesta contrario a la muerte de los animales en general, y a la de los toros en particular, habla a favor del asunto. También me preguntan, de paso, cuánto trinqué por envainármela. Y como resulta que hoy no tengo nada mejor que contarles, voy a explicárselo al remitente. Con su permiso.

En primer lugar, yo nunca cobro por conferencias ni cosas así; considérenlo una chulería como otra cualquiera. Las pocas veces que largo en público suelo hacerlo gratis, por la cara. Y lo de Sevilla no fue una excepción. En cuanto a lo de los toros, diré aquí lo que dije allí: de la materia sé muy poco, o lo justo. En España, afirmar que uno sabe de toros es fácil. Basta la barra de un bar y un par de cañas. Sostenerlo resulta más complejo. Sostenerlo ante la gente de la Maestranza habría sido una arrogancia idiota. Yo de lo único que sé es de lo que sabe cualquiera que se fije: animales bravos y hombres valientes. El arte se lo dejo a los expertos. De las palabras bravura y valor, sin embargo, puede hablar todo el mundo, o casi. De eso fue de lo que hablé en Sevilla. Sobre todo, del niño que iba a los toros de la mano de su abuelo, en un tiempo en que los psicoterapeutas, psicopedagogos y psicodemagogos todavía no se habían hecho amos en España de la educación infantil. Cuando los Reyes Magos, que entonces eran reyes sin complejos, aún no se la cogían con papel de fumar y dejaban pistolas de vaquero, soldaditos de plástico, caballos de cartón y espadas. Hasta trajes de torero, ponían a veces.

Aquel niño, como digo y dije en Sevilla, se llenó los ojos y la memoria con el espectáculo del albero, ampliando el territorio de los libros que por aquel tiempo devoraba con pasión desaforada: la soledad del héroe, el torero y su enemigo en el centro del ruedo. De la mano del abuelo, el niño aprendió allí algunas cosas útiles sobre el coraje y la cobardía, sobre la dignidad del hombre que se atreve y la del animal que lucha hasta el fin. Toreros impasibles con la muerte a tres centímetros de la femoral. Toreros descompuestos que se libraban con infames bajonazos. Hombres heridos o maltrechos que se ajustaban el corbatín mirando hacia la nada antes de entrar a matar, o a morir, con la naturalidad de quien entra en un bar y pide un vaso de vino. Toros indultados por su bravura, aún con la cabeza erguida, firmes sobre sus patas, como gladiadores preguntándose si aún tenían que seguir luchando.

Así, el niño aprendió a mirar. A ver cosas que de otro modo no habría visto. A valorar pronto ciertas palabras —valor, maneras, temple, dignidad, vergüenza torera, vida y muerte— como algo natural, consustancial a la existencia de hombres y animales. Hombres enfrentados al miedo, animales peligrosos que traían cortijos en los lomos o mutilación, fracaso, miseria y olvido en los pitones. El ser humano peleando, como desde hace siglos lo hace, por afán de gloria, por hambre, por dinero, por vergüenza. Por reputación.

Pero ojo. No todo fue admirable. También recuerdo las charlotadas, por ejemplo. Ignoro si en México se celebran esos ruines espectáculos: payasos en el ruedo, enanos con traje de luces, torillos atormentados entre carcajadas infames de un público estúpido, irrespetuoso y cobarde. Nada recuerdo allí de mágico ni de educativo. Quizá por eso, igual que hoy aprecio y respeto las corridas de toros, detesto con toda mi alma las sueltas de vaquillas, los toros embolados, de fuego, de la Vega o de donde sean, las fiestas populares donde un animal indefenso es torturado por la chusma que se ceba en él. Los toros no nacen para morir así. Nacen para morir matando, si pueden; no para verse atormentados, acuchillados por una turba de borrachos impunes. Un toro nace para pelear con la fuerza de su casta y su bravura, dando a todos, incluso a quien lo mata, una lección de vida y de coraje. Por eso es necesario que mueran toreros, de vez en cuando. Es la prueba, el contraste de ley. Si la muerte no jugase la partida de modo equitativo, el espectáculo taurino sería sólo un espectáculo; no el rito trágico y fascinante que permite al observador atento asomarse a los misterios extremos de la vida. Sólo eso justifica la muerte de un animal tan noble y hermoso. Ahí está, a mi juicio, la diferencia. Lo demás es folclore bestial, y es carnicería

viernes, 12 de diciembre de 2008

Los toros: una fiesta popular/ Aguilar


Por Santiago Aguilar

Publicado en el Diario Hoy

Estamos a siete días del inicio de la Feria Jesús del Gran Poder, en tiempos en que esta manifestación cultural es injustamente cuestionada, vale la pena reflexionar sobre la identidad popular del espectáculo taurino.

El origen de la fiesta de los toros en el Ecuador se remite a épocas coloniales, tiempos en que los conquistadores españoles trasladaron al nuevo mundo los juegos de toros y con ellos marcaron el futuro taurino de varios países iberoamericanos. La Conquista determinó una maravillosa fusión encarnada en el mestizaje y presente en la adopción de una nueva fe y nuevas costumbres que con el paso del tiempo se convirtieron en elementos muy propios del continente americano.

La nueva realidad étnico-cultural, resultado del encuentro de dos civilizaciones, estuvo marcada por las circunstancias dolorosas de la guerra de Conquista y el establecimiento de un importante avance en materia cultural, social y tecnológica. La fiesta de los toros no se mantuvo al margen de la asombrosa simbiosis.

El sincretismo que se produjo entre las fiestas religiosas católicas contenidas en el calendario español y las ancestrales celebraciones indígenas nacidas de la cosmovisión propia de los aborígenes, facilitó que pronto se asumiera a los toros y sus juegos como elementos consustanciales de la cultura popular, adornados por los extraordinarios matices otorgados por la sierra andina y el mestizaje plasmados de manera multicolor por elementos de origen claramente hispánico y otros de raíz indígena y precolombina.

Así las cosas, podemos concluir que la fiesta de los toros ha formado parte de la vasta riqueza cultural de la ciudad durante más de cuatro siglos.

Riqueza inmaterial

En el libro “La Fiesta Popular en el Ecuador” de Oswaldo Encalada Vásquez son permanentes las referencias al toro bravo como el eje de los espectáculos populares que se celebran en prácticamente todas las parroquias y cantones de las provincias de la Sierra ecuatoriana. El autor en la introducción de la obra conviene en la validez del sincretismo social, étnico y cultural, apuntando que “Uno de los primeros componentes más importantes de la cultura no material de los pueblos es aquel que tiene que ver con sus fiestas y celebraciones. En este campo como en muchos otros, nuestro país es extremadamente rico en sus manifestaciones. La convergencia de diversas etnias y hasta las razas ha creado un variado caleidoscopio donde es posible apreciar desde los rituales netamente cristianos hasta las formas autóctonas andinas; desde la concepción occidental de la muerte, hasta las fiestas agrarias de los indígenas.

La convivencia de los diferentes elementos poblacionales ha logrado un mestizaje profundo y vital que forma el verdadero sustento de nuestra identidad”

En otros apartados del estudio se precisa el contenido de las fiestas, su extraordinaria puesta en escena y el exuberante contenido simbólico de las mismas, concluyendo que entre las más importantes manifestaciones populares e indígenas, las corridas de toros son un elemento básico de la riqueza inmaterial del Ecuador.

Una fiesta cultural/ Reece


Publicado en el Diario El Universo 1 diciembre de 2008


Por Alfonso Reece D. areece@wales.zzn.com


Por cultura, en general, debe entenderse todo lo que hace el ser humano en tanto es humano. Entonces comprende todo lo que hacen los hombres, salvo sus funciones fisiológicas e instintivas. Incluso se debe considerar cultura a aquellas creaciones de la inventiva humana, que lo ayudan a cumplir necesidades estrictamente biológicas, como la cocina de alimentos, la fabricación de ropa y la construcción de casas. La industria, la agricultura, el comercio son otras manifestaciones de la cultura, tomada en este amplio sentido.

Pero existe una "gran cultura" o una "cultura culta". Es el conjunto de manifestaciones que no procuran satisfacer necesidades básicas, sino que se plasman en realizaciones sin "utilidad", en el sentido más primario. Estas son, sobre todo, las artes y el "pensamiento", palabra esta con la que se quiere englobar la filosofía y otras disciplinas especulativas. Es por eso que los ministerios y casas de la Cultura se dedican a administrar estas actividades, dejando de lado, por ejemplo, la contabilidad y los aviones, que en el sentido amplio también son realizaciones culturales.

Existen artes utilitarias, aquellas en las que se producen objetos con un uso práctico, como la ropa y los muebles. Y están las artes puras, las "bellas artes", cuyos productos no tienen más utilidad que la contemplación de los mismos, su función es generar un goce estético. La doctrina clásica las reduce a seis: pintura, escultura, arquitectura, literatura, danza y música. Esta enumeración resulta exageradamente restrictiva a menos que ciertas disciplinas se consideren géneros de las clásicas. Así por ejemplo, podemos decir que la joyería es un género de la escultura, o la fotografía una forma tecnologizada de la pintura.

¿Es la tauromaquia, la lidia de toros, un arte? Si pensamos que es una actividad sin sentido práctico, destinada a producir exclusivamente un goce estético, debemos considerar que es un arte. Su belleza proviene de la eficacia y gracia de los movimientos y gestos del torero, por tanto, ha de clasificarse como un género de danza. Una danza a la que su juego con la muerte real le otorga un profundo dramatismo. Hay quienes no aprecian, no entienden, esta manifestación artística, al igual que a mí no me gusta la salsa. Pero jamás se me ocurriría promover la prohibición de esa danza caribeña, a la que no le encuentro encanto.

Las corridas de toros constituyen una expresión completamente encarnada en la cultura ecuatoriana, que está presente en todas las regiones del país con variantes y matices que la hacen diferente a las de otras latitudes. Incluso en Quito, donde se procura ceñir las corridas a los cánones ortodoxos españoles, tiene características muy propias, siendo no la menor el hecho de ser una auténtica fiesta, que se celebra con regocijo y jolgorio únicos.

La tauromaquia tiene casi 500 años por estas tierras. Se lanceaban toros a los pocos años de llegados los conquistadores. Tan asolerada está la fiesta que ya en el siglo XVII aquí hubo autoridades autoritarias empeñadas en prohibirla, como el tristemente célebre inquisidor Juan de Mañozca, a quien se empeñan en imitar ciertos funcionarios que quieren pasar por modernos.


martes, 9 de diciembre de 2008

De los toros


El Comercio
12/8/2008
Por Fabián Corral B.



En estos días de feria y debate, me viene nítido el recuerdo del último toro de lidia que vi libre en un páramo, hace unos dos años quizá. Andaba por el nudo del Azuay, en una de esas cabalgatas errantes tras las huellas del país, cuando, sobre la laguna de Culebrillas, destacándose en el azul intenso de la tarde serrana apareció, sorpresiva, imponente, la silueta negra de un animal solitario, y por eso, peligroso.

El toro inició, a prudente distancia, para evitar lazos y caballadas, un juego de amagues, mugidos, correteos y desafíos. El toro parecía, entre los pajonales, espectacular monumento.

El toro fue el personaje de esa tarde, entre los pajonales y el viento. Después, desapareció. Y nos dejó a los cabalgantes una impresión de majestad, de nobleza y libertad. Su desaparición fue, además, un alivio para caballos y jinetes, porque un encuentro así no deja de despertar los instintos de precaución y temor, al verse uno expuesto a su formidable cornamenta.

El toro de lidia es un animal formidable. Es el último ser mitológico que sobrevive a las demoliciones de la modernidad y es de los pocos que han resistido a la domesticación, a la mansedumbre. El toro es el personaje del polémico ritual del toreo. En él, a su franquía y nobleza, se opone y juega el cálculo del torero. A su embestida limpia, responde la ventaja del arlequín que aprovecha la potencia de sus arranques para adornarse con el capote, buscando el aplauso de la parroquia, convocada para festejar su sacrificio.

Del toro de lidia, prefiero su altivez. Prefiero verle en la libertad de la dehesa, en la enormidad del páramo. No me conformo con los esfuerzos por domesticarle, o por manipular su bravura, y menos aún, con su muerte. Entre el toreo de a pie y el de a caballo, elijo el rejoneo que es la danza de dos animales hermosos, monumentales, que se retan, juegan con el riesgo, amagan agresiones y rompen ambos en el galope triunfal.

Más aún, prefiero los toros de pueblo, su ritualidad, su convocatoria, que permite a cada mozo y a cada chagra desafiar momentáneamente al peligro. Pero más que el espectáculo, construido sobre la pasión torera de la parroquia, transitoria como todo espectáculo, me interesa la tradición de la vaquería, la humilde labor de lidiar reses en las soledades andinas.

Me interesa el repunte, la recogida, y esa hermandad entre mayorales, caballos y toros, que hace posible la sobre vivencia de animales que tienen sobre sí tradiciones moriscas, ritos medievales y adaptaciones americanas.

Toro y caballo son parte de la cultura mestiza. Así lo testimonia cada fiesta de pueblo. Sin ellos, no sería posible ese sincretismo de juego y religión, que alcanza plenitud cuando, entre la algarabía popular, en el crepúsculo que incendia los cerros, con el sol que muere, sale el "toro de la oración."


Oro, fiesta, sangre y sol



Por Edgar Dávila Soto

La fiesta brava esta a punto de comenzar, mañana radiante, flota en el ambiente un aroma a pasodoble. Almohadillas, sombreros, y vino tinto para saborear. Bajo el celeste cielo, el pañuelo rojo del presidente se muestra con orgullo. Grito rudo del clarín, ronco toque de timbal y “el paseíllo”, da principio a la milenaria fiesta. Bravía de terror y de alegría. ¡Oro, fiesta, sangre y sol!

El toro, en su rápido encuentro como sediento de palmas, flamante estampa, casta pura y pitones cornigachos, sobre seda carmesí. Chicuelinas, en fucsia del capote, con el toro que va y viene, juega al estilo Andaluz, en una clásica suerte complicada con la muerte y chorreada de luz. Adrenalina en el graderío, vino tinto, mujeres bellas y el grito de ¡Ole! a exclamar.

Ya vienen los picadores, mano dura, estribos de hierro y chaquetillas sin reflejo al ruedo, mientras el toro los mira, fijo, con su contemplación de sueño. Jabalina de la vara, voz del jinete atacante, y en el último puyazo, toro bravo contra el peto muestra su casta y bravía fulminante. Un quite por las afueras, con un estilo de verónicas, pone su nota arisca sobre el pisar del albero, y toca las banderillas y se pierden los piqueros por la puerta de cuadrillas.

Banderillas de lujo en las manos famosas, por las aberturas del perplejo silencio, se filtran los pregones y centellean los colores por el reflejo del radiante sol. Equilibristas sin cable, oro y seda carmesí, talle vertical, plástica de bailarín, pocos pasos al frente y algunos pasos de perfil. Ultimo par y en lo alto, rubrica de espuma gris, palmas, saludos y sonrisas, “DO” de pecho del clarín.

Comienza el arte a latir, entre el pitón y la seda, ritual de imponente, para empezar la faena. Ovaciones y abucheos se escuchan de los altos, y de un momento a otro, el toro mañoso y envuelto de bravura, propaga volteretas y quita su atadura. Tras cogida aparatosa, el torero valiente, continua con la izquierda, cuarto y quinto muy templado, sin titubeos ni enmiendas como arrancado torero de dos carteles de feria. Mantón de espuma en la arena, remata con “el de pecho”, labrada y noble celebra. El toro por la ovación, enviste con loca fuerza, de ella nace el pasodoble, el alma de una faena.

Terminó la lidia florida, y lucha para que cuadre, péndulo de trapo rojo busca que el toro iguale, lidia pura, pura lidia, sin adornos ni desplantes. Llego el instante final, un silencio impresionante, el acero se perfila, mucha mano mucho arte, en acecho la cintura para vaciar impecable, y en la muñeca un arroyo de coraje.

La estocada, cuaja de pañuelos que revolotean sin cesar pidiendo las orejas, mientras tanto corriendo los areneros, al sonar de la campanillas de plata, arrastran al toro, dándole vuelta al ruedo, haciendo girar la plaza cual carrusel de algarabía.

¿Quién no ha vivido esta armonía de colores y movimientos? No podrá juzgar a tan preciado arte.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Hermosa y controversial


Por Roque Iturralde G.

Hermosa y controversial a la vez, "violenta y tierna" (como dice una canción), la fiesta de toros genera cada día más discusión y polémica, a medida que nuestras sociedades se internan en la cultura light de la nueva era, a medida que los intelectuales hablan en los foros académicos sobre la posmodernidad y que los medios de comunicación reemplazan progresivamente las ágoras donde se discutía la filosofía, por capítulos renovados de Los Simpson y el Internet permite que niños de Argentina y de la India, se maten en los juegos en red, sin mirarse a los ojos, y sin saber quién está del otro lado de la línea.

El encanto de la fiesta brava tiene algo de inexplicable, porque no es racional, porque no responde a silogismos o números. Tiene algo de atávico, pues nos remite a la emoción más primaria; el miedo y al enemigo más esencial; la muerte.

Sí, porque en la plaza circula el miedo; miedo del torero, quien sabe que la única forma de salir ileso del embate de esas dos muertes afiladas que el toro tienen en la cabeza, no es enfrentarlas con fuerza, sino con extrema delicadeza. La manera de que esas agujas no hieran de muerte, es dominarlas y bordar con ellas. Someterlas no es reducirlas, sino sumarse a su dinámica, aunarse con su ir y venir, armonizar la respiración con la del toro, entrar en su cancha y jugar con sus reglas de ritmo, velocidad, fuerza; ser parte de su dibujo. Sólo entonces, cuando la faena es una con el toro, el peligro aparentemente desaparece para el hombre y el miedo se convierte en logro, en placer, en euforia.

Circula el miedo en el graderío; escondido bajo los sombreros y tras las copas de vino, el miedo es un secreto masivo que se suspira entre muletazos. Cuando el peligro es más que una novelería de fanáticas chic, la plaza se queda en silencio y se puede oír el rasgar del aire de los pitones duros, rozar de la arena de las zapatillas del toreo, el rumor del viento en la capa; entonces el toreo es real, deja de ser un "happening", para convertirse en un ritual, en el único ritual en el que puede llegar al ara del sacrificio, tanto el sacerdote como la víctima traída para el efecto. Cuando no hay silencio en la plaza, es porque no hay miedo, es decir porque no hay ritual, no hay toreo.

Y es el miedo el que dibuja laberintos en la arena, convertido en toro. Porque el toro embiste como efecto también del miedo. Ha crecido para defender su espacio, para no permitir que el trapo rojo, o el hombre de las luces y las estrellas, o la música, o los gritos, ocupen su lugar. Se sabe, se siente provocado y agredido y actúa para defenderse; solo que su estrategia no es huir, sino ocupar el espacio del otro. Solo los mansos huyen. No dan combate. Buscan artimañas para dañar, se van del lugar tirando cornadas, se refugian en las tablas. El toro, cuando es bravo de verdad, se sabe el guión. Sabe que el caballo es su enemigo y lo embiste con decisión cuando aparece en la plaza. Sabe que no debe distraerse un segundo en la pelea y por ello no raspa el piso buscando agua. Sabe que puede ganar la pelea, y por eso sigue en ella hasta el final.

Con el término Thaumatsein, Aristóteles se refiere al asombro como elemento disparador de la sabiduría. Usa el término, para referirse a la sensación del hombre que, admira ante lo que encuentra de manera natural inexplicable, asombro-admiración que le lleva a preguntarse y reflexionar, y como tal, a la filosofía, base del conocimiento y el descubrimiento de la verdad.

Acuña también Aristóteles el concepto de catarsis, trayéndolo de la medicina, y utilizándolo para referirse a la tragedia, que en tanto representación teatral, es de gran utilidad para los espectadores quienes ven proyectadas en los actores sus bajas pasiones y sobre todo porque asisten al castigo que éstas merecen, consiguiendo ellos de esta manera un efecto purificador. La contemplación de la tragedia y la participación del espectador mediante su ánimo (entiéndase mediante su alma) en ella, hace que someta espíritu a profundas conmociones que sirven para purgarlo. Luego de participar en el duro castigo que el destino, y ellos con él, han infligido a los malvados, sienten su alma más limpia. Se sienten mejores ciudadanos.

Así, la fiesta/tragedia de los toros recurre al asombro frente a lo inexplicable – la muerte agazapada en las agujas del astado –y provoca en el público la catarsis cuando la tragedia se resuelve a favor del hombre, cuya imagen delicada, ligera, indefensa, incluso femenina, triunfa finalmente sobre la brutal energía de su enemigo animal.

Ese proceso de catarsis, en que la purificación se encuentra además artesonada con un nivel simbólico y estético que supera lo que la cotidianidad nos brinda y deja en el ánimo la impronta de un encuentro ritual lleno de una brutalidad ternura, que borda sobre la arena instantes plásticos y emociones que, una vez más, nos remiten a ese asombro primal.

Mucho más que testimoniar el ritual, el público participa en él, de manera equidistante. Por el escenario es un círculo, por eso la plaza es un regazo, un vientre, en el que todos los actores, están a la misma distancia de la muerte, y el toro bravo, el verdaderamente bravo, ofrece siempre su muerte, equidistante de todos los asistentes.

¿A favor o en contra de los toros?

¿Se puede estar a favor o en contra del mar, o de un huracán, o del amor?

¿Es elegible el asombro ante la muerte y la naturaleza?

¿Es el alma un músculo voluntario?

¿Podemos congelar el miedo?

domingo, 30 de noviembre de 2008

El sol sale para todos


Por Gonzalo Maldonado Albán
11/30/2008

Diario El Comercio

La fiesta de los toros siempre tendrá detractores. A diferencia de otras artes -como la poesía o la música- el toreo es más difícil de comprender porque escenifica de forma impresionante temas atávicos como el dolor y la muerte.Ver sangre, un toro sin vida o un torero gravemente herido es algo que mucha gente no resiste. A esas personas, el arte del toreo les ha sido negado y nada de malo tiene aquello. Un daltónico jamás apreciará los matices de un cuadro impresionista; y un fumador empedernido nunca identificará todas las notas de un vino complejo.Quienes no disfruten o no entiendan la fiesta taurina simplemente deben ignorarla. El disgusto o la antipatía que esas personas pudieran tener por la fiesta de los toros no les da el derecho de imponer sus valores a quienes ven al toreo como una cultura que cultiva grandes valores estéticos y morales.Este año, la persecución contra los aficionados a los toros ha llegado a niveles histéricos, pues incluso se ha planteado que los menores de edad no puedan entrar a una plaza aun cuando fueran acompañados de sus propios padres. Incluso, he visto gente que se ha atrevido a descalificar a quien ha dicho ser un seguidor del toreo.¿Qué está sucediendo? Estas manifestaciones de intolerancia se deben, en parte, a que demasiada gente ha echado a perder su sentido del gusto por abrazar la cultura ‘light’ y los mandamientos de la corrección política.Por ofrecer explicaciones edulcoradas a cualquier problema, estos códigos facilistas han hecho que las personas rechacen la noción de la tragedia, un invento griego que ha sido recreado magníficamente por la fiesta de los toros.¿Cómo acercarse al arte del toreo sin caer en el prejuicio? Talvez la mejor manera sea de la mano de un escritor ‘heavy’ y políticamente incorrecto: Ernest Hemingway. Su segunda novela, Fiesta, el sol sale para todos, es, entre otras cosas, una historia de amor por la tauromaquia.Los personajes de este libro -anglosajones que en el mejor de los casos veían al toreo como un espectáculo ‘exótico’- entienden la gravedad que significa ponerse delante de un toro de lidia cuando asisten a unos Sanfermines. Aparte del jolgorio propio de cualquier festejo, encuentran que las corridas de toros honran el coraje, el honor y el estoicismo, valores que ellos creían exclusivos de su cultura. Llegan a admirar el talante sobrio y controlado de los toreros cuando se encuentran en situaciones de intenso dolor físico. Entienden que en ese autodominio está una de las claves de la belleza de este espectáculo ancestral.Finalmente, el lector llega a ver que lo que anima a quienes participan en la fiesta taurina es un profundo amor por la naturaleza y por ese animal portentoso que es el toro de lidia.
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viernes, 28 de noviembre de 2008

Embisten a los toros/ Pablo Ortiz

Por Pablo Ortiz Garcia
El Comercio, 28 de noviembre de 2008

Ahora el ataque es a las corridas de los toros. Ya en Montecristi, cuando se elaboraba la Constitución, un grupo minúsculo de personas intentó incorporar como norma constitucional la prohibición de organizar corridas de toros en Ecuador. ‘Enhorabuena’ ello no ocurrió, pero la minoría de enemigos de la fiesta brava sigue embistiendo, pero no con la nobleza de los toros de lidia, es decir, de frente. Esta gente está ‘colándose’, en términos taurinos.La lidia de reses bravas “posee una geometría, filosofía, y culturas propias”. Ha tenido tanta trascendencia en los humanos que ha inspirado a pintores (Picasso, Viteri) y escritores (Hemingway). Pero no solo a artistas, sino también a los más variados públicos. En las corridas de toros no se mata al animal como se lo hace en el camal. Muere el astado dando combate, peleando en buena lid, en una plaza en la que la bestia pone el instinto y la fuerza, y el hombre, la inteligencia y la audacia. ¿Pero quién tiene derecho a matar a ese toro? Solo aquellos corajudos que ponen en juego su vida.“La corrida, como su propio nombre lo indica, consiste en dejar al toro correr, atacar, embestir”, según el filósofo francés Wolff. En el ruedo la naturaleza de estos animales se expresa por partida doble: durante su vida y en su muerte. La tauromaquia es definida como el “arte de lidiar toros”. Es un arte, que pocos tienen el valor y destreza para hacerlo, y cuando lo hacen bien, ¡olé! El toro de lidia es “el destinado a ser matado en el redondel”, no en el matadero, donde no tiene cómo defenderse.Ante este espectáculo protagonizado por un hombre preparado para jugar con su vida, y un toro nacido para embestir y morir, el Conartel resolvió, por pedido de un grupúsculo de gente enemiga de las corridas, suspender la transmisión por televisión de la fiesta brava. Las libertades de información y cultura consagradas en la Constitución empiezan a ser eliminadas. Si se hace caso a unos pocos que protestan, ¿por qué no se oye a los muchos que gustan de los toros? Si se preocupan de las reses de lidia, ¿qué dicen del sufrimiento diario de las gallinas ponedoras de huevos?También se piensa prohibir el ingreso de menores de edad a un espectáculo de arte y conocimientos. Algo que está dentro de la cultura de nuestro pueblo. Ante este despropósito, ¿no está previsto en la Constitución, que son los padres los primeros educadores de sus hijos? Si quienes tienen la patria potestad autorizan que vayan a las corridas, no pueden impedirlo autoridades administrativas, como un Intendente de Policía o el Defensor del Pueblo.Esto de la revolución ciudadana está conduciendo, entre otras cosas, a que cierto tipo de arte y cultura desaparezca, porque no son del agrado de alguien o porque no son entendidas.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Los espectáculos taurinos y la economía/ Aguilar

Por Santiago Aguilar

La forma de vida de miles de familias

La fiesta de los toros alimenta a un vasto circuito que trasciende a sus actores directos, de acuerdo a una revisión de la estructura del espectáculo taurino en Ecuador, alrededor de 80 sectores se benefician en forma directa e indirecta con la organización de espectáculos taurinos.

La investigación determina que ganaderos, empresarios y toreros entiéndanse como tales a matadores y subalternos, son la base de una estructura económica muy amplia que alcanza con su vigorosa inyección de recursos, a áreas como la turística, fiscal, comunicación y profesional; participa también de esta saludable dinámica una larga lista de aprovisionadores de bienes y servicios, importantes a la hora de organizar, promover y llevar a cabo los eventos taurinos.

Está claro que los toros, mas allá de constituirse en el eje de las celebraciones de las principales ciudades, son una suerte de dínamo temporal para las economías de las urbes que forman parte de la geografía taurina mundial.

Encontramos que el sector turístico es el que capta los mayores beneficios que genera la industria taurina, beneficios que a su vez se trasladan –por efecto cascada- a una amplia gama de estamentos.

El turismo y el estado

Cinco grandes sectores se nutren del turismo: proveedores de insumos agrícolas (restaurantes), transporte y operaciones (aéreo, terrestre y agencias de viajes), servicios: (alojamiento y hospedaje), empresas de alimentos y bebidas (bares y restaurantes) y animación y entretenimiento (casinos, teatros, cines, discotecas, museos y otros).

El estado es uno de los mayores beneficiados por la realización de las Fiestas de Quito; en materia fiscal la recaudación de impuestos como al Valor Agregado, a los Consumos Especiales y a la Renta, registran un comportamiento diferente por el movimiento económico que se lleva a cabo durante el lapso materia de análisis. El cobro del Impuesto Único a los Espectáculos Públicos por parte del Municipio del Distrito Metropolitano de Quito, registra también números importantes gracias a la actividad taurina la que no recibe subvenciones o recursos del Cabildo.

Beneficios a todo nivel

Los sectores comercial y artesanal también forma parte del círculo virtuoso que genera la fiesta de los toros, grandes y pequeños comerciantes y artesanos aumentan sus ventas por el flujo de visitantes a la ciudad y el comportamiento de consumo de los habitantes de la ciudad con motivo de las tradicionales festividades anuales.

Además de los grupos económicos anotados existen otros de menor estructura que también se nutren de las bondades de la actividad taurina y encuentran en ella la base de sus ingresos como Artistas y Músicos Unidos organización que convoca a 700 profesionales, la Asociación de Vendedores de Espectáculos Públicos (alimentos y bebidas) que aglutina a 165 miembros, la Asociación de Vendedores de Entradas y Anexos de Pichincha que reúne a 120 personas, la Asociación de Vigilantes de Vehículos 200 trabajadores y el Sindicato de Trabajadores de Espectáculos Públicos de las Plazas de Toros con 65 agremiados. Mención especial merece la Unión de Toreros del Ecuador colectivo de uno de los actores del espectáculo que registra 120 socios en diferentes categorías.

Lo cierto es que la fiesta de los toros mantiene su identidad popular no solo por consideraciones históricas, sino además por constituirse en la forma de vida de miles de familias.

domingo, 23 de noviembre de 2008

LAS CÁMARAS Y LA DICTADURA

Diario Hoy, viernes 21 de noviembre de 2008
CRITICAS DE TV

LAS CÁMARAS Y LA DICTADURA
Por César Ricaurte
Crítico de televisión

En Guayaquil, los toros tienen una enorme resistencia. Y, en esas circunstancias, me parece una tontería que se quiera imponer un arte donde no existe ninguna tradición.

Hace algunos días, se dio una corrida de toros en esa ciudad, ante las protestas de muchísimas personas que estuvieron en los alrededores de la improvisada plaza taurina. Estuvieron, también, intendente y otras autoridades cuidando de que “no entraran niños”. No solo las autoridades cuidaban de que no entraran infantes; además, estaban las cámaras de TV. ¿Cómo protegían estos reporteros la integridad de los menores “amenazada” al ir a una corrida de toros?

Pues, de forma por demás agresiva, invasiva y violenta: mostrando los rostros de los menores y sus padres, quienes además recibían insultos y empujones de los manifestantes…

¡Linda forma de cuidar y proteger a los chicos! Poniéndolos en riesgo y exponiendo sus rostros ante la faz pública y la furia de los militantes antitaurinos.

Sinceramente, no soy de los que van a los toros habitualmente ni nada por el estilo, pero sí entiendo que es una tradición milenaria, con una intensidad, una pasión y una ritualidad que también se expresan en las artes del canto y el baile flamenco.

Por otra parte, me parece bien que haya muchas personas que luchen por sus ideales y defiendan los animales. Lo que no admito ni entiendo es que se pretenda instaurar una especie de dictadura de lo “políticamente correcto” y que las cámaras de televisión se presente para hacer escarnio de padres y menores taurinos. Simplemente, algo así no cabe.

viernes, 21 de noviembre de 2008

DEJEN INSUBSISTENTE LA RESOLUCIÓN 5377-08

AMIGOS:

El CONARTEL ha emitido una resolución completamente ilegítima que prohibe que se transmitan festejos taurinos desde las 06h00 hasta las 21h00. Esta decisión inconsulta es un atentado contra los más elementales derechos y sobre todo contra nuestras tradiciones. Decisiones tomadas sin escuchar a las partes afectadas y basandose en apreciaciones subjetivas y personales son injustas y nos hacen muchísimo daño. CREEMOS EN LA DEMOCRACIA Y EN QUE ESTE TIPO DE ARBITRARIEDADES SE TIENEN QUE CORREJIR.

Hagamos sentir nuestra voz de protesta. Te proponemos lo siguiente: enviemos la carta que se adjunta a todos los miembros del CONARTEL. Sólo tienes que copiar en un mail distinto y al final poner tú nombre. Mientras más mensajes enviemos, se van a dar cuenta de que estamos en contra de su resolución inconsulta. Si estas de acuerdo, envía el mail y además remite a todos tus contactos para que ellos hagan lo mismo.

Estas son las direcciones a las que debes enviar el mensaje:
jyunda@conartel.gov.ec
moliveros@conartel.gov.ec
fjaramillo@supertel.gov.ec
carlos.larco@educacion.gov.ec
cesar123_41@hotmail.com
lopeza@ffaa.mil.ec
lloor@conartel.gov.ec

No te olvides de que hay que mandar mails de manera individual SOLO CON EL TEXTO QUE ADJUNTAMOS, para que tenga más peso nuestro reclamo. Es importante defender la libertad de expresión, el derecho al trabajo y sobre todo, el libre albedrío que tenemos los ecuatorianos de escoger los espectáculos que queramos ver y oir. El título debe ser el que proponemos, para que sepan cual es la queja que estamos dirigiendo. Si vivimos en democracia, nuestra voz también tiene que ser escuchada y sobre todo, RESPETADA. La tolerancia es elemental para poder vivir en paz.

Porque todos SOMOS ECUADOR...

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------EL TEXTO ES EL SIGUIENTE:-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Quito, 21 de noviembre de 2008

Señores
MIEMBROS DEL DIRECTORIO DEL
CONSEJO NACIONAL DE RADIODIFUSIÓN Y TELEVISIÓN
Presente.-

Señores Directores:

He visto con sorpresa la inconsulta decisión de prohibir a las estaciones de radio y televisión, la transmisión de programación, incluida publicidad de cualquier tipo, dentro del horario de 06h00 hasta las 21h00, que evidencie escenas de violencia y crueldad expresa en contra de animales y/o personas, respecto de eventos relacionados con las ferias taurinas a nivel nacional. No estoy de acuerdo con su decisión y manifiesto mi total y enérgico rechazo a esta medida que atenta contra mi libertad de admirar un espectáculo que por generaciones ha sido el número central de las fiestas de alrededor de 150 cantones de la Costa, Sierra y Oriente ecuatorianos. No estoy de acuerdo con las motivaciones expresadas, por considerarlas atentatorias a mis derechos legítimos que como ciudadano ejerzo.

No se puede tomar una decisión sin un estudio y mucho menos sin consultar sobre un espectáculo que es una tradición cultural arraigada en nuestro pueblo. HAY QUE ENTENDER QUE ES UN ESPECTÁCULO TAN ECUATORIANO COMO ES PROPIA LA LENGUA CASTELLANA O LA RELIGIÓN y eso es lo que debemos defender.

La decisión subjetiva, tomada al parecer basada en simples apreciaciones personales, no refleja bajo ningún punto de vista consideraciones morales y ni siquiera se basa en estudios sicológicos. ¿Dónde queda el libre albedrío? ¿Cómo se interpreta la posibilidad que tengo de escoger lo que quiero escuchar o ver en medios de comunicación? ¿Dónde está el estudio sicológico que demuestra objetivamente que la tauromaquia causa daño? Hasta la fecha, no se ha demostrado jamás que un arte como la tauromaquia genera efectos nocivos a los habitantes.

Adicionalmente, las corridas de toros y demás espectáculos taurinos, constituyen un patrimonio cultural innegable y forman parte de una arraigada tradición popular que no se debe ni se puede soslayar, tanto como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Carta Constitutiva de la NNUU y la Declaracion de Filadelfia de la OIT que dispone que toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su actividad en condiciones equitativas y satisfactorias , y, a la protección contra el desempleo. La libertad de expresión se ve conculcada, siendo otro derecho fundamental de quienes lo ejercen.

En el diario El Comercio de Quito, se hizo una encuesta el día de hoy en la que preguntaba a la población si estaba de acuerdo con la decisión por ustedes tomada, la mayoría abrumadora del 85% que se pronunció en contra de su decisión, hace que las palabras sobren. La razón no pide fuerza, señores Directores.

Por estas razones, expresamos nuestro total y absoluto rechazo a propuestas que no se ajustan a la realidad y lo que es peor, afectarían directamente a las actividades de un pueblo que, lejos de las novelerías peluconas de un reducido sector, tiene como trabajo y pasión las corridas de toros.

Señores del Directorio de CONARTEL errar es de humanos y corregir es de sabios: DEJEN INSUBSISTENTE LA RESOLUCIÓN 5377-08

Atentamente,

f)
C.C.

martes, 14 de octubre de 2008

Feria del Aficionado Práctico: el segundo fin de semana

La crónica de la Feria la puede leer pinchando en el siguiente blog, que lo administra Fabián Cuesta, periodista parte integrante de Somos Ecuador: http://hablemosdetoros.blogspot.com/


Las fotos fueron tomadas por Alberto Suarez:
















domingo, 12 de octubre de 2008

El segundo fin de semana...




Un traje corto, un capote y una muleta bastaron para jugar nuevamente con la vida, la ilusión y la muerte. Se cortaron ocho orejas. Lo que da un saldo importante a una Feria de aficionados que gustan de jugarse la vida por el simple hecho de soñar con ser toreros... aunque sea un día.


Se volvió a ver que el interés por ver torear a aficionados es creciente en el país. Los espectadores respondieron para ver torear a aficionados que se enfrentaban a astados de distintas ganaderías.


El viernes 10 de octubre toreo con mucha clase José Ponce, quien cortó una oreja. Esteban Ortiz no tuvo suerte con su ejemplar, aunque realizó una meritoria faena a un toro rajado. Rodrigo Patiño impecable: dos orejas bien ganadas con una faena muy bien estructurada. Seguramente el mejor aficionado práctico del país. Juan Sebastián Roldán trazó derechazos de mucho gusto. Falló con la espada, lo que le privó de un trofeo seguro. A Germán Barona le falló la inexperiencia y no pudo hacer nada con un becerro de Atillo muy complicado. Álvaro Sevilla estuvo muy bien con un novillo que no era fácil


El sábado se cortaron cinco orejas: Mario Solano, aunque con viento en contra, cortó una oreja luego de disfrutar toreando. Cristobal Roldán puso ganas y trazó muletazos de mucha calidad, sin embargo falló con la espada. Guido Páez cortó una oreja luego de una faena muy completa al novillo de Cerroviejo. Santiago Aguilar ejecutó, seguramente, los mejores derechazos de la Feria. De gran calidad, falló con el descabello en reiteradas ocasiones. Santiago Bustamante Sáenz cortó otra oreja, a ley. La faena le faltó rematar, pero entendió a su oponente para matarlo de una certera estocada. Diego Rivera, el triunfador de la tarde cortó dos orejas a un fuerte ejemplar de El Quinto, premiado con la vuelta al ruedo.



Y todos salimos toreando...




Fotos de Alberto Suarez

domingo, 5 de octubre de 2008

FERIA DEL AFICIONADO PRÁCTICO 2008: primer fin de semana


En lo que va de la Feria, se han cortado ocho orejas y vuelta al ruedo a dos bravos novillos.

Los toros son una cuestión de fe. Y para entender la fe, hay que profesar un culto.

Héctor Abad Faciolince, comenta en una novela maravillosa (El olvido que seremos) que en asuntos de religión, creer o no creer no es sólo una decisión racional. La fe o la falta de fe no dependen de nuestra voluntad, ni de ninguna misteriosa gracia recibida de lo alto, sino de un aprendizaje temprano, en uno u otro sentido, que es casi imposible de desaprender. Si en la infancia y primera juventud se nos inculcan creencias metafísicas, o si por el contrario nos enseñan unos puntos de vista agnósticos, o ateos, llegados a la edad adulta será prácticamente imposible cambiar de posición. Los niños nacen con un programa innato que los lleva a creer, acríticamente, en lo que afirman con convicción sus mayores.

Es conveniente que sea así, pues qué tal que naciéramos escépticos y ensayáramos a cruzar la calle sin mirar, o a probar el filo de la navaja en la cara para ver si corta de verdad. Creer a ciegas lo que le dicen los padres es una cuestión de supervivencia, para cualquier niño, y en eso caben los asuntos de la vida práctica como también las creencias religiosas. No creen en fantasmas o en personas poseídas por el demonio quienes los han visto, sino aquellos a quienes se los hicieron sentir y ver (aunque no los vieran) desde niños. No creen en toros quienes no han experimentado esa transformación metafísica al involucrarse en una faena, ver un par de banderillas y contagiarse del espectáculo.

La Feria del Aficionado intenta crear adeptos, profesando el único culto al que veneramos: los toros. Creemos, a través de Somos Ecuador, que se debe pensar siempre en lo taurino: los convertidos, que sigan disfrutando del rito y los iniciados que aprendan de la profundidad del mismo.

Así fue el primer día de Feria, con Rodrigo Patiño, Santiago Terán, Santiago Bustamante, César Aulestia, Esteban Morales y Christian Franco, como curas en procesión, lograron con sus sermones más adeptos. ¡Qué interesante resultó ver a diversos aficionados con sus intensas maneras de torear! Los tres primeros cortaron una oreja cada uno. La plaza estaba llena para ver a estos aficionados. Quedó de triunfador del festival Santiago Terán por la forma como toreó y se hizo un merecido homenaje a Rodrigo Patiño que, con sus setenta y tres años cumplidos, se despidió de los ruedos.

Con el sermón bien aprendido, los adeptos acudieron al día siguiente para ver a José Ignacio Román, José Luis Luna, Renato Ponce, Javier Patiño y Miguel Ángel Iturralde. No se defraudaron. José Ignacio Román cortó una merecida oreja, al igual que Renato Ponce y Miguel Ángel Iturralde, que debutaba, a quien tocó en suerte un bravo novillo de San José del Quinto. Pero la tarde nos traería una sorpresa: el buen toreo de Patiño que cortó dos merecidas orejas a un extraordinario novillo de Ortuño. Sobra decir que el triunfador del festival fue Patiño. Se premió, además, a los dos buenos novillos y el jurado hizo una mención especial a José Luis Luna, por el valor demostrado y las ganas de agradar.

Fue un fin de semana maravilloso, queda otro, lleno de matices y contrastes, donde nos volvimos a encontrar los taurinos, amigos, aficionados y locos, alrededor de una afición, con fe para profesar el culto en el que creemos.

Y todos salimos contentos…

martes, 9 de septiembre de 2008

PROFANADORES DE TUMBAS/ Antolín Castro


Por Antolin Castro

opinionytoros.com


Quienes piden respeto para los animales, aunque sean los toros su casi único punto de mira, se dedican a las mayores bestialidades. Ellos, al parecer, sí pueden hacer cuanto les venga en gana y dejan de lado los tribunales de justicia para ventilar las cuestiones que dicen les afectan.

En esta pasada semana, en Salamanca, un grupo de “educados antitaurinos” ha decidido tomarse no se sabe bien qué justicia por su mano y han profanado la tumba de Julio Robles, quien falleciera hace tiempo tras siete largos y duros años anclado en una silla de ruedas.

La historia de este diestro, la última, vino precedida de la acción de un toro en la plaza francesa de Beziers. Una tremenda voltereta lo dejó inválido y así pasó los últimos años de su existencia. En ese tiempo no se le ocurrió maldecir al toro o a la especie brava de su tragedia; ni los aficionados o seguidores suyos atacaron las ganaderías para vengar la desgracia de su torero. Todo era, y es, asumido como una consecuencia de la actividad del torero.

A diferencia de estos energúmenos, todo cuanto sucede en la Fiesta Brava está regulado y quienes practican la profesión, o son simples espectadores, están sujetos a esas leyes reguladoras. Los “pacíficos” ciudadanos que se oponen a los toros, siempre demuestran su catadura ética y moral avasallando el respeto que deben a quienes piensan y obran diferentes a ellos, además de ejercer de forma desordenada, pero a su antojo, el derecho a pensar y manifestarse diferente.
Pero en este caso, como se dice, se han pasado cien pueblos. Atacar la tumba de un torero que, además, cayó herido como consecuencia de esa lucha con el toro, es el colmo y dice muy a las claras quienes son estos individuos. Profanan su tumba, la llenan de pintadas llamando asesino a quien allí yacen sus restos, saquean un busto, chantajean con devolverlo cuando acabe esta fiesta... todo un ejemplo de su civismo, educación y respeto por lo ajeno. Un “modelo” a seguir.
Soy taurino, es evidente, pero si no lo fuera estos vándalos me darían razones para serlo, o al menos para no militar en sus grupos. No hay peor bestia que aquella cuyo comportamiento se sale de todo raciocinio o lógica. Por mas que busco no encuentro razones para tan vil acto con quien descansa en su tumba.
No es solo este sector de la sociedad donde los grupos que no están de acuerdo utilizan métodos salvajes, intimidatorios o contrarios a la mas elemental convivencia y ajenos a la ley, pero es este el que nos ocupa en este espacio y a él nos referimos. Lo cierto es que existen grupos que creen que otros hacen el mal o lo hacen muy mal, y no tienen otra forma de denunciarlo y luchar contra ello que hacer una demostración de que ellos son peores ciudadanos y mucho más incívicos. Está por ver que sean agredidos los contrarios a la fiesta por los que si lo son. No obstante, parece que andan buscando camorra y es de temer que surja la chispa en algún lugar y reciban respuesta a su manera: a golpes.
Tremenda esta noticia que comentamos, sucedida al amparo de la máxima impunidad y cobardía. Los toros, la fiesta de brava, se desarrolla a la luz del día con lo que la impunidad no existe y tampoco la cobardía. Julio Robles es un claro ejemplo del precio que se puede pagar por todo lo contrario a lo que ellos practican.
Desde aquí nuestro rechazo a los salvajes y el reconocimiento a los valientes. Si quieren acabar con la fiesta de los toros que utilicen las razones pacíficas y los instrumentos legales que les puedan llevar a conseguir su objetivo. Entre tanto, solo se les pide una cosa: respeto a lo que legalmente está permitido y establecido.
Mal andaríamos si se pudieran profanar todas las tumbas de quienes en su vida mataron animales, pues quedaría permitido hacerlo con las de sus abuelos, padres y antepasados, pues ninguno de ellos escaparía de haber matado moscas, gallinas, cerdos, así como otro tipo de animales.

domingo, 31 de agosto de 2008

El arte de jugarse la vida/ Francis Wolff


Por Francis Wolff

Catedrático de Filosofía de la Universidad de Paría

ABC, 28-08-08


SE escucha de vez en cuando a escritores, universitarios y pensadores españoles evocar su infancia vagamente acunada de recuerdos taurinos y expresar su rechazo, a veces violento, de la fiesta de los toros. No comprenden cómo puede hoy (aún y siempre) emocionar, conmover, exaltar las muchedumbres, en las que seguro no ve nada más que una masa de reaccionarios incultos alentada por intelectuales esnobs. En esta revuelta antitaurina, a veces íntima, a veces sonoramente militante, se encuentran a menudo, en amalgama con la memoria de sus propias historias familiares, algunos tópicos datados en los sesenta (toros = turismo, exotismo de españolada, tremendismo del torero descamisado) o más antiguos aún (toros = España negra, vergonzante cara del pasado). Sí, ya sé: sé que para muchos españoles los toros despiertan espontáneamente ese mismo sentimiento confuso, un poco nostálgico, vagamente vergonzoso, de tener que vérselas con algo que sobrevive de manera inconveniente pero a punto de caducar definitivamente gracias a la ascensión social, la educación del pueblo, la evolución de las costumbres, el sano desarrollo de las sensibilidades, Europa, la democracia, etc. Sí, ya sé: sé que para muchos jóvenes españoles la palabra «tauromaquia» evoca carteles de otra época, un rito anticuado, una especie de juego arcaico o incluso un espectáculo cruel del que deben defenderse cuando, gracias a un programa Erasmus, se dan cuenta que, para el resto del mundo, se mantiene asociado al nombre de España, es decir, a una de las naciones más avanzadas de Europa de la que por lo demás uno puede sentirse orgulloso. A todos esos españoles, jóvenes o menos jóvenes, les quiero decir lo que sigue: los toros no son ya sólo la Fiesta Nacional de España. Con eso han perdido un poco y ganado mucho. Se han convertido en parte integrante de la cultura de la Europa meridional e incluso del patrimonio mundial.¿Se imaginan ustedes que hace apenas algunas semana (el 2 de junio exactamente), en un teatro del centro de París atestado, cientos de personas de las que la mayoría no habían puesto nunca sus pies en España, e ignoraban absolutamente todo de la «fama negra» de los toros, habían pagado cara su entrada por el único placer de homenajear la heroica carrera de un torero... colombiano (César Rincón)? Claro que para todos esos turistas que visitan España a toque de pito, entre la torre de Pisa y el Big Ben, y que creen que Francia es Pigalle, los toros son el «exotismo» español barato, y el torero es algo así como «Manolete-ElCordobés-del brazo de su bailaora con castañuelas», o (para los más cultivados ¡ay!) es la imagen odiosa y desgastada del maletilla hambriento que, para salir de su miserable condición, no tiene otro remedio que tentar al diablo y arrojarse entre sus cuernos. Ignoran evidentemente, como quizás muchos españoles, que uno de los más grandes toreros de la historia está vivo y toreando y en modo alguno debe su valor extraordinario a esa deprimente leyenda, o que uno de los mejores toreros de la primera década del siglo XXI es francés, o que fue prácticamente imposible conseguir entradas (siendo tan caras como las de la ópera) para las diez corridas que conformaron la reciente feria de Nîmes (95.980 espectadores).Un poco de pudor y muchos escrúpulos me impiden evocar mi infancia que está en las antípodas de las de los intelectuales españoles antitaurinos. Bastará decir que esa infancia en el cinturón de París, con mis padres judíos alemanes que escaparon por milagro de los campos de la muerte, en modo alguno me preparaba para recibir el choque que fue el descubrimiento accidental de los toros, a la edad de 18 años, al azar de una escapada estudiantil en la región de Provence. Para muchos españoles de mi generación, los toros son familiares, formaron parte de la vida cotidiana de su infancia, se los vivía con indiferencia, aceptación o rechazo de una «cultura» vagamente patrimonial que es como una segunda naturaleza de la que hay a veces que desprenderse para poder existir por sí mismo. Para mí la corrida de toros es una amiga que he elegido tan próxima como la música y sin la cual podría difícilmente vivir. Digo que la he elegido pero tengo más bien la impresión que ella me ha elegido a mí; el encuentro fue fortuito pero, como dice Flaubert de la primera cita amorosa: «Fue como una revelación». No, los toros ya no son sólo la Fiesta Nacional. Han perdido un poco de sus particularidades (algunas fiestas votivas, capeas salvajes, un público cautivo, un pueblo entero movilizado tras un torero muerto), han ganado mucho en universalidad -geográfica y sobre todo cultural-. Ahora, en el presente, los que torean y los que van a los toros lo han elegido, y si no saben del todo, ni unos ni otros, lo que van a buscar «allí» (¿sabemos bien lo que es el amor?), saben que hoy se va a la plaza en lugar de ir al estadio, al concierto o al teatro.Sin duda, la corrida de toros no es moderna, pero no porque no sea de nuestro tiempo, es -al contrario- porque nuestro tiempo no está ya en la «modernidad». La modernidad en el sentido estricto se acabó hacia el final de los años ochenta del siglo pasado, con el derrumbamiento de las ideologías, el fin del sueño en el progreso y el agotamiento de los discursos dogmáticos de las vanguardias artísticas (formalmente revolucionarias, políticamente redentoras). Lo que algunos han dado en llamar la «posmodernidad» o lo contemporáneo se opone punto por punto a la modernidad. Puede ser que la corrida de toros no sea ni haya sido nunca «moderna», pero es seguro que se acuerda perfectamente a lo «contemporáneo». Lo moderno está ligado al progreso, a la «velocidad», a la industrialización sistemática (comprendida la de la ganadería de carne); lo contemporáneo y la corrida están ligados a la biodiversidad, a la ganadería extensiva de bravo, a los equilibrios de los ecosistemas. La modernidad sólo veía la salvación a través de la comunidad y la sociedad, en el «todo es política», lo contemporáneo y la corrida renuevan con los valores del héroe solitario (pensemos en el culto contemporáneo hacia los éxitos singulares y aventureros de cualquier tipo), con una ética de las virtudes individuales, el valor, la lealtad, el don de sí mismo. La modernidad quería esconder la muerte (simple «no vida» igual que se dice invidencia en vez de ceguera), reducirla al silencio del frío vacío de las salas mortuorias o a la mecánica funcional de los mataderos; lo contemporáneo y la corrida de toros reconocen que la ceremonia de la muerte puede contribuir a dar sentido a la vida mostrándola conquistada a cada instante sobre la posibilidad misma de su negación. Era -se decía- el fin de los ritos en los que lo único que se veía eran prejuicios arbitrarios e irracionales, pero lo contemporáneo y la corrida de toros redescubren las virtudes de los ritos, no necesariamente vinculados a capillas y estampitas. Lo moderno declaraba el final de la figuración en pintura, del relato en literatura, del drama en el cine; lo contemporáneo inventa una nueva figuración, el cine de Almodóvar, genio de la posmodernidad, reinventa la linealidad del relato y las estructuras complejas del melodrama, como la corrida de toros que mezcla lo festivo y lo trágico, los colores chillones y la emoción más pura. El arte moderno glorificaba la vanguardia social y declaraba el final de la «representación», el posmoderno mezcla lo popular y lo erudito -como la corrida de toros, la más sabia de las artes populares- mezcla la transfiguración de lo real y su presentación en bruto (el happening, el body-art, el ready-made, la instalación, la intervención, el artista mismo) como la corrida de toros, alianza de representación clásica de la belleza y de presentación en bruto del cuerpo, de la herida, de la muerte, como el torero, artista contemporáneo, que hace de su gesto una obra estilizando su existencia. La posmodernidad, lejos de oponer el hombre al animal como en los tiempos modernos, presiente que no hay humanidad sin una parte de animalidad, sin un otro al que -a quien- medirse, como si el hombre -hoy más aún que ayer- sólo pudiera probar su humanidad a condición de saber vencer, en él y fuera de él, la animalidad en su forma más alta, más bella, más poderosa, por ejemplo la del toro salvaje: vencerla, es decir, repelerla o domarla, pero sobre todo oponer la fuerza de la astucia, la gratuidad del juego, la ligereza de la diversión, la gravedad de la entrega de sí mismo, la fuerza de la voluntad, el poder del arte, la conciencia de la muerte -en definitiva todo lo que hace la humanidad del hombre-.Quizá se podrá afirmar: ¿pero el espectáculo del sufrimiento animal, dada la evolución de las costumbres, no es ya tolerable, hoy menos que ayer? A esto hay que responder que no es una cuestión de historia (moderna o no) ni de geografía (España negra o no). Yo no he sufrido nunca, personalmente, con el espectáculo del pez atrapado en el anzuelo del inocente pescador de río -es una cuestión de sensibilidad-. Ésta permite a algunos ver al toro como víctima, la mía sólo ve en él un animal combatiente. Autoriza a algunos a pensar que el torero martiriza una bestia, yo veo en él un héroe contemporáneo que tiene la audacia de desafiar y enfrentarse a una fiera jugándose la vida -sin más, por la belleza del gesto, por pura libertad, para afirmar su propio desapego en relación con las vicisitudes de la existencia y su victoria sobre lo imprevisible-. ¡Es cierto que el toro no quiere combatir, pero no por porque sea contrario a su naturaleza el combatir sino porque es contrario a su naturaleza el querer! Esto es al menos lo que mi sensibilidad me dicta, comparable en eso a la de cientos de miles de otros hombres en todo el mundo, y no la creo menos movilizada ni sublevada que ninguna otra ante el sufrimiento de los hombres -o incluso de los animales- ni menos consciente de lo que hace falta de poder creador para volver a dar hoy un sentido, en arte, a esa palabra mancillada que es la belleza.

jueves, 21 de agosto de 2008

FERIA DEL AFICIONADO PRÁCTICO

FERIA DEL AFICIONADO PRÁCTICO 2008.

Este es el primero de una serie de eventos que anualmente realizará SOMOS ECUADOR, entidad que cuenta con la colaboración de miembros de diferentes asociaciones taurinas. Contamos con 24 inscritos en el certamen. Al haber recibido mas participantes de los que teníamos previsto, tuvimos que incluir un día adicional de Feria. De los tres días que teníamos previsto, ahora son cuatro. ¡Gran acogida!

La FERIA DEL AFICIONADO PRÁCTICO 2008 se realizará bajo las siguientes bases:

Fecha y Lugar:

Hasta cuatro festivales que se darán los días sábado 4, domingo 5, viernes 10 y sábado 11 de octubre del 2008, en el Tentadero TAMBO – MULALÓ (Cotopaxi – Ecuador).

Ganado:

Se sortearán entre los actuantes lotes parejos de ganaderías inscritas en las asociaciones. Los ejemplares se escogerán de entre las ganaderías de "San José del Quinto", "La Viña", “Ortuño”, “Puchalitola” y otras de similares características, con una edad de hasta 2 años y 2 meses y un peso mínimo de 210 Kg. y máximo de 240 Kg. El ganado será de la organización de criadores respectiva.

Costo Inscripción:

El costo es de USD 400.

En caso de llevar su propio novillo, usted no paga la inscripción, pero se encarga del transporte. Su novillo deberá estar dentro de las especificaciones que se establecen para el ganado.

Incluye:
- Participación en el festival.
- Cartel de Feria y carteles por día para cada aficionado participante.
- Invitaciones.

Bases del evento:
Habrá un jurado calificador para los festejos.

Los aficionados prácticos no deben haber hecho presentaciones de luces en los últimos 7 años y jamás presentación alguna de luces con picadores.

Todos los participantes lidiarán a muerte a sus novillos.

Logística del evento:

El Sorteo será máximo a las 10H00 en las instalaciones de la plaza. Los festivales darán inicio a las 12H00.

Los festivales contarán con 2 bregadores profesionales y picador, además de un puntillero.

El jurado declarará al o los triunfadores, al término del mismo en el ruedo de la plaza, quedando para una fecha posterior los premios al triunfador de feria, mejor estocada y mejor ejemplar, entre otros.

Con el fin de precautelar el buen desarrollo de los festivales de este evento, la presidencia de plaza, para enviar los avisos, aplicará un sistema mixto entre número de entradas a matar y tiempo, de la siguiente manera:

A los 10 minutos de haber tomado los trastos de matar se tocará el primer aviso. Si el aficionado realiza 3 entradas a matar, se tocará el primer aviso aunque no se haya cumplido ese tiempo. Por ejemplo: la faena de muleta ha tenido una duración de 6 minutos y el aficionado se dispone a entrar a matar. En tres entradas ha pinchado y ha consumido 2 minutos en ese quehacer, es decir estamos en el minuto 8, indefectiblemente se tocará el primer aviso aunque falten 2 minutos para cumplirse los 10 “reglamentarios”.

Luego empezará a correr el tiempo para el segundo aviso que será de 3 minutos ó 2 entradas a matar.

Finalmente, empezará a correr el tiempo para el tercer aviso que será de 2 minutos ó una entrada final.

Sin embargo, después de la tercera entrada y por lo tanto sonado el primer aviso, el aficionado podrá disponer, si cree conveniente, que el novillo regrese vivo a los corrales. Eso dependerá del sentido común de cada actuante y tendrá que ser siempre luego de haber entrado a matar 3 veces.

En caso de que la espada entre, el tiempo seguirá corriendo normalmente, de igual forma si se hace necesaria la utilización del descabello.

Comité de Coordinación:
Christian Franco
Juan Fernando Iturralde M.
José Morán
Esteban Ortiz
César Aulestia

Finalmente, posterior al evento, se hará una entrega de reconocimientos a los triunfadores, así como una exposición fotográfica y fílmica de los mejores momentos del evento.

Además, al ser una Feria de Aficionados taurinos, concluido el festejo se organizarán tertulias y presentación de videos con el fin de conversar sobre estos temas tan apasionantes.

Cualquier duda o información que requiera al respecto así como cualquier deseo de colaboración comunicarse vía mail a: feriadelaficionadopractico2008@gmail.com

martes, 19 de agosto de 2008

UNA AFICION QUE DIGNIFICA A LA GENTE/ Remigio Hurtado

Remigio Hurtado Astudillo
Cuenca, Agosto del 2008.

Estuve sentado en un parque cuando conocí a Alfonso con el cual llegamos a ser buenos amigos, no se por que razón comenzamos a hablar de toros lo cierto es que hablamos y mucho yo me sentía tan bien ya que él sabia de lidia más que yo, y que bonito es eso de estar con alguien del cual uno aprende.

Compartimos muchas cosas como también discutimos de otras, ambos entendíamos lo que es una corrida sabíamos el por que de las cosas, la picada, a veces con exageración, las banderillas, la muerte, los trofeos, en todo, siempre un poquito de desacuerdo pero en fin que conversación mas amena eso de comprendernos y de participar de una afición que al entenderla es la que mas dignifica a la gente.

Cuando comento ciertas cosas dijo algunas, que yo mas lo tome como consejos entre esas manifestó que cuando envista el astado me fije en los pitones y veré algo diferente y sentiré una alta emoción y tal ves hasta presientas lo que se viene, nunca me olvidare ese consejo, lo hice y creo que desde ese momento se ver mejor una corrida.

Cuando paso el tiempo me llamo y me dijo este trapo tiene mi sangre, con este me seque el día que en el campo me cogio un toro lo escondí igual que esta historia, creo que ese trapo salvo mi vida, coge, es lo único pero el mas grande recuerdo que tengo, al poco tiempo se fue al mas allá. Creo que quiso ser torero.

Siempre lo recuerdo, y pienso porque guardó ese secreto, me comparo a el, yo también tengo uno y me lo llevare…

A la memoria de mi amigo Alfonso que me dejo de legado el aprecio a la obstinación a que las cosas tienen que ser hechas como deben ser, y cuando veo una corrida ya cuajada, miro los pitones del toro y me acuerdo de él.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Buscarle tres pies al toro/ Antonio Caballero


Por Antonio Caballero

Revista 6toros6, No. 273 de 6 de mayo de 2008

Desde hace algunos años vengo oyendo repetir a menudo un aforismo inventado por algún antitaurino ingenioso, que por lo visto a muchos les parece el colmo irrefutble de la crítica:

-Si el toreo es arte, el canibalismo es gastronomía.

Pues sí. Las dos proposiones son ciertas, y ninguna de las dos es censurable. Otra cosa es que el ingenioso antinturino, que a lo mejor es también antigastrónomo, confunda los valores propios del arte con sus gustos personales. El toreo -para qué voy a entrar en ello ante los lectores de esta revista- es sencillamente el arte de bien torear. Y la gastronomía es sencillamente el arte de bien comer. Independientemente de cuál sea la naturaleza de las cosas que se comen, minerales, animales o vegetales: sal de roca, o almejas que se trgan vivas, o nueces secas y roídas, ya caídas del noga, como las consumen los vegetarianos más estrictas. O personas. El canibalismo, esa práctica cultural que consiste en darle a la carne humana tratamiento de producto alimenticio, pertenece por derecho propio al reino de la gastronomía. Puede gustar o no gustar, por supuesto. Yo, por ejemplo, no soy canibal. Pero tampoco me gust, pongamos el caso, el brócoli, y no por eso le niego al soufflé de brocoli al queso parmesano su condición de preparación gastronómica que para otros paladares puede resultar exquisita.

Ya digo: el ingenioso antitaurino autor del aforismo identifica el arte con sus gustos individuales, y la negación del arte con sus repugnancias íntimas, o inclusive con sus propias convicciones filosóficas o sus propios prejuicios culturles. Pero un arte no es una moral, no hay que juzgar el arte con criterios morales. Para los nazis, por ejemplo, todo el arte abstracto, impresionist, cubista o surrealista de la primera mitad del siglo XX era "arte degenerado". Para los curas doctrineros de la conquista de América el arte de los mayas o de los aztecas no era arte, sino manifestación demoníaca. Sin ir tan lejos, el ingenioso antitaurino me recuerda a lo que se llama en inglés un philistine, un filisteo: alguien estrecho de miras, inculto, indiferente al arte. Una de esas personas que, para decirlo con Machado "desprecian lo que ignoran", y que frente a una instalación de Beuys o un cuadro de Tapies comentan despectivos:

- ¿Esto? Esto lo hará mi hijo que tiene cuatro años con los ojos cerrados. Y les niegan la condicion de música a las composiciones electrónicas de Stockhausen, por complicadas, o las marchas militares por elementales. Y si menciono las marchas es porque el aforismo antitaurino que vengo citando me recuerda la célebre frase ingenios de Georges Clemenceau sobre los militares:

-La justicia militar es la justicia lo que la música militar es a la música.

A lo mejor Clemenceau sabía mucho de música; pero, siendo como era un político profesional, no creo que entendiera mucho de justicia.

De manera que nada de comparaciones, por ingeniosas que resulten. A quien no le gustna los toros es porque no le gustan. Está en todo su derecho. Pero ue no le busque tres pies al gato. Que no se ponga a buscarles a sus disgustos o repugnancias personales y viscerales motivos éticos o estéticos, porque on vienen a cuento.

¿Y entonces nosotros qué, a quienes sí nos gustan? Pues exactamente igual. Nos gustan porque sí: porque nos gustan. Las consideraciones éticas, estéticas, etcétera, no son nin justificación ni disculpa: vienen por añadidura.
*La foto es de Manón: http://manonfotoblog.blogspot.com

domingo, 20 de julio de 2008

ANACRONISMO DE LOS TOROS / Foxá


POR AGUSTíN DE FoxÁ

ABC. Madrid, 24 de Abril de 1957

El secreto de los toros reside en que es un espectáculo anacrónico. Cuando vuela un avión a reacción sobre el embudo dorado de la plaza, uno se asombra de que sean contemporáneos los hombres de arriba -tocando botones, radares, ondas hertzianas, luces parpadeantes en verde y rojo, palancas de robot, en el límite de los viajes interplanetarios- con los hombres de abajo, de verde manzana y plata, de corinto y oro, ídolos asiáticos con espada y lanza y saetas de papel rizado, entre caballos y toros, manejando la sangre en lugar de la gasolina, con la Muerte allí, en el diamante de la puntilla, que desconecta al toro de la red eléctrica de la Vida. O con la enfermería, entre santos óleos.

Cuando se desintegra la materia y se forma el hongo venenoso de ecuaciones de la bomba de hidrógeno, todavía unos mozos matan con la espada como en los albores de la Edad del Bronce. En torno a la plaza, de esta isla primitiva de relinchos y mugidos, de esa gota de selva, de esa partícula de Génesis, rugen los claxons, las bocinas, los motores del mundo hecho por el hombre, con su fauna mecánica, con sus "autos" -coches amputados de caballos-, con sus motocicletas con una muchacha a la grupa como un recuerdo atávico de la jaca; con su biscuter, mestizaje o cruce entre el automóvil y la motocicleta.

Vigilan al combate virginal, primitivo, fresco, palpitante, no unos ojos humanos, sino lentes de máquinas de turistas, teleobjetivos, cóncavas pupilas del "cine" en colores.

Una concesión del ruedo sangriento, de ese "confetti" de desierto, a la vida moderna, es el camión que riega la plaza con su abanico, con sus dos alas de agua.

Pero a los toros los siguen arrastrando las mulillas, siempre un poco espantadas ante la cabeza muerta. Y ni una rueda gira sobre la arena porque la rueda es humana; ninguna creación divina la utiliza; sino piernas o patas, o el reptar, o las aletas, o las alas.

El hombre de la ciudad; el de las oficinas y los empleos; el del piano tedioso de la máquina de escribir; el del alfabeto, sin poema de amor, de la taquigrafía; el de los archivos -que son los nichos de las cosas-; el de la hipoteca, que es lo más opuesto a un bosque en Primavera; el de los tranvías, que es la negación del libre galope; ese hombre va a la plaza a rejuvenecerse, a oír mugidos que jamás serán congelados en la serpiente del hilo magnetofónico; a escuchar relinchos que nunca se extenderán a secar, como ropa blanca, en los hilos de teléfono; a ver la sangre sin análisis ni velocidad de sedimentación; a contemplar apagarse corazones que no conocen el electrocardiograma. Los toros traen el campo a la ciudad, su paisaje de encinas y de ríos, sus florecillas amarillas o moradas de la Primavera. Hombres que nunca han visto la luna, ciudadanos del asfalto y de la propiedad horizontal, hablan de cuántas hierbas tiene ese toro; de los pastos de mayo que embravecen; de por qué los toros de aquella ganadería tienen las patas tan fuertes, ya que el abrevadero está a muchos kilómetros de “sus cerrados; y comentan cornadas, de las cuales ya nadie muere en el mundo. Los toros son el espectáculo de un pueblo religioso que juega con el Más Allá; no tienen nada de república ateniense (deporte), sino de Imperio romano (sacrificio).

Tenía razón aquel aficionado cuando decía que a los toros no iba uno a divertirse (el fútbol es mucho más divertido), porque tienen de todo menos de entretenidos. El toreo es intuitivo y racional, y matar frente a frente es maravillosamente absurdo existiendo mataderos de punzón eléctrico y frigoríficos donde la carne viva se convierte en cosa acartonada.

Todo lo que en el ruedo sucede es imprevisto y deslumbrante y allí se congrega todo lo inesperado; hay en los tendidos indios turistas de Bombay, chinos miopes; y entran, volando, villanos portadores de semillas; y alguna vez planea una paloma de tendido a tendido; o se suelta un globo; y discuten, y están a punto de pegarse, un abogado y un médico por la cojera de un toro; y preside un Rey o una princesa; y dos Felipes Segundos pintados por Velázquez -los alguacilillos- llevan al galope una enorme llave que no abre ninguna puerta.

En los toros se venden, astronómicamente, como en un eclipse, el sol y la sombra; ya semejanza de las rústicas cosechas, el espectáculo depende de la lluvia; de una nube que pasa.

Las gentes están tan tristes a la vuelta de los toros porque retornan a la vulgaridad, a la Civilización, a todo lo artificial y antibiológico.

Muchos pueblos han jugado con los toros; desde; hace miles de años en Creta, hasta el actual "rodeo" americano donde algunos capotazos de auxilio al vaquero caído son como la prehistoria de la arqueología del toreo. California está a punto de inventar las corridas de toros; como en las reelecciones de sus presidentes, Norteamérica está descubriendo la Monarquía.

Están tan en la entraña de nuestros sueños ancestrales los combates de toros, que han suscitado poemas, romances, novelas, esculturas, cuadros, músicas, grabados y óperas y todavía no ha surgido, ni creo que nacerá nunca, la Carmen, de Bizet, del fútbol; ni habrá tapices de Goya sobre un "penalti"; ni romances de Federico o décimas de Gerardo, a un "corner".

El toreo es casto y sensual; pueden ir a él los frailes y los niños, pero jamás una mujer es más apetecible que ensangrentada de claveles en una barrera de sol.

Antes, los toros eran más hermosos y bárbaros, y más imaginativos. Había plazas partidas; matadores en zancos; saltos a la garrocha; hombres como Martincho, que, esposado, saltaba desde una mesa sobre el lomo del toro; enanos y gigantes; globos de humo caliente; luchas de toros con leones y tigres; perros de presa...

Ahora, al intelectualizarse, las corridas han perdido vitaminas. Porque lo excesivamente clásico comporta algo de tedio. Y cuando se ve ese esqueleto de mármol, que es el Partenón, se siente, a veces, la nostalgia de las anárquicas gárgolas y de los monstruos de las sillerías de coro de nuestras Catedrales.

Cuando un pueblo sobre un bistec ensangrentado coloca, en lugar de mostaza, unas banderillas de lujo, se encuentra lejísimos de lo cartesiano y de la lógica.

Como el mito de Fausto y Mefistófeles, el toreo devuelve la juventud a la ciudad envejecida de reglamentos urbanos.

El toreo está fuera de nuestro tiempo; es un drama de capa y espada en el siglo del cinemascope. Y cuando un espada brinda a una bella mujer de anhelante pecho la muerte del toro, revive un piropo de hace veinte mil años.

miércoles, 16 de julio de 2008

Sensibleros salvajes

Por Conrado Roche Reyes

Periódico Por esto, 2 de septiembre de 2005

Arthur Miller acudía por primera vez a los encierron de San Fermín, en Pamplona. En posterior rueda de prensa, la inevitable pregunta: ¿Qué le ha parecido? Miller contestó: "Bueno, es una experiencia única. He asistido a un espectáculo donde se da la circunstancia de que son los animales quienes corren detrás de las personas y no al contrario como ocurre siempre". Sutil respuesta difícil de captar. Después, asistió a la corrida propiamente dicha. Ahora se habló de la fiesta de los toros. En la rueda de prensa afirmó la fascinación que le produjo la corrida y cuanto le rodea. Miller destacaba la "prueba" que suponía colocarse enfrente de un toro. También logró captar la esencia, la filosofía y el arte del toreo. El componente estético y plástico llamaron su atención. Jamás, en ningún momento hubo referencia alguna, ni siquiera tangencialmente a los manidos argumentos con los que los detractores de la fiesta y con lo que están tratando de forjar su propia leyenda negra aluden.

Ponemos como ejemplo a Miller porque es de las antípodas del sentimentalismo o folclorismo, o machismo de cualquier intelectual. Nadie más directo para escribir y hacernos creer hasta lo increíble.

Es por eso inexplicable que ciertos pequeños grupos acudan todos los domingos a la plaza México a reivindicar, a reivindicarse con la vida. Me ha tocado de compañero de tendido a un irlandés que sabía más de toros que de James Joyce y se supone que los europeos son los más cultos y sensibles del mundo. A éste, lo encontré en pleno goce de una gran faena. No me explico ese afán de los defensores de los animales de tomarla contra la fiesta. Y lo patéticas que se ven algunas de estas "protestantes" que acuden con ropajes prehispánicos.

Qué tiene que ver una cosa con la otra? Es en realidad lo esperpéntico de la idiosincrasia y el protagonismo. Dicen como argumento que el torero acude por su propio gusto a su encuentro con la eventual muerte, no así con el pobrecito animal (que a veces, más de lo que se imaginan, sale triunfador de este trance) que de todas maneras será sacrificado en la soledad y lobreguez de un rastro entre mugidos de dolor.

Enfoquen sus energías a otras cuestiones más apremiantes. A lo que sobajen en un banco, haciendo largas colas llueve o truene a cobrar miserable pensión, acude también, y no por gusto, nuestros jubilados y pensionados.

Los menesterosos, los desarraigados, esas sí son en realidad especies en peligro de extinción y por la sistemática mano del hombre en el caso de los ancianos, los desamparados y los niños. ¡Ah! pero ahí sí existe peligro real (no digo que los vayan a torturar), pero sí el de perder la chamba, canongías, la lana para la "asociación", etc.

Alguien tan docto como Gregorio Corrochano expresaba que la nómina de extranjeros ilustres bastaba para conducir los destinos de la fiesta, en hermosa metáfora. Cómo olvidar a Hemingway, de momento, apuntillemos con las palabras del francés Alejandro Dumas: "El hombre y el animal se encontraron cara a cara. El hombre tenía una espadita fina, larga y afilada como una aguja. El animal tenía, por su parte, su fuerza inconmensurable, sus terribles cuernos y sus patas, más rápidas que las patas del más rápido caballo. En realidad, el hombre era muy poca cosa para aquel monstruo. Solamente que la inteligencia resplandecía en la mirada del hombre, mientras que el fuego de la ferocidad brillaba en la del toro. Era evidente que el toro tenía la total ventaja en esta lucha desigual, sin embargo, el fuerte era el que debía sucumbir, y el débil quien debía vencer con su inteligencia humana".

Nada vale más que una vida humana. Como lo quieran poner. Y es que en la versión mexicana de Pamplona, la "Huamantlada", hubo 34 heridos, 4 de ellos muy graves, en trance de muerte. Si esto les hace felices, entonces me parece que los salvajes son otros, no nosotros los taurófilos

sábado, 12 de julio de 2008

DESMENTIDO DE MENTIRAS REPETIDAS/ Riofrio


Por Mauricio Riofrío Cuadrado

La polémica actual sobre la Fiesta de los Toros confirma el momento sociológico de enorme interés y vitalidad por el que atraviesa, esta vitalidad precisamente incluye la pasión y la polémica.

La tauromaquia es la más subjetiva de las artes vivas, en ella juegan un papel importantísimo factores tan complejos como subyugantes, por ello se trata de exigir respeto a una realidad histórica y actual.

Una mentira mil veces repetida, sigue siendo una mentira. Por eso, sobre la base de una afirmación falsa, existe una respuesta razonada y explicada, como encontraremos a continuación:

Hay gente que se opone y dice que ha asistido una sola vez o nunca lo ha hecho o jamás asistirá a un espectáculo taurino.

Este tipo de afirmaciones explican claramente una serie de comentarios antojadizos y equivocados, pues cuando no se cuenta con los elementos de juicio necesarios para discutir sobre cualquier tema, se cae fácilmente en la falta de objetividad, en el prejuicio y la falsedad. “No se de lo que están hablando pero me opongo”


¿Cómo se puede criticar la Biblia sin haberla leído?

El toro sufre torturas previas a la corrida tales como: Ingesta de diuréticos; tapones con gasolina; agujas en los testículos; vaselina en los ojos, manipulación de cuernos, etc.

El toro es cuidado, alimentado, vacunado con mucho celo durante 4 años, precisamente para que protagonice el espectáculo en óptimas condiciones físicas, de otra forma no podría embestir como lo hace en las corridas durante 20 minutos aproximadamente.

Afectar la integridad del toro está en contra de los más elementales principios de la tauromaquia.
La manipulación de los pitones es considerada un DELITO TAURINO penado en la Ordenanza Taurina, porque precisamente atenta contra la naturaleza del toro de lidia.

¿Que tal si a usted y a mi nos pican y nos ponen banderillas?

Es insultante a la inteligencia y dignidad humanas el asignar la categoría de seres humanos a los animales. Igual de inconcebible es adoptar gratuitamente el lugar del toro. A ver si defienden al pavo en diciembre y proponen un hombre relleno para Navidad.

No existe ninguna relación entre la tauromaquia y el arte

Quien afirma que el toreo no tiene ninguna relación con el arte, no conoce la obra y la afición de Goya, Picasso, Botero, Hemingway, Ortega y Gasset, Rafael Alberti o Camilo José Cela, para citar poquísimos de la infinidad de ejemplos que se podrían anotar. En el Ecuador se estaría desconociendo a Oswaldo Viteri, Jorge Enrique Adoum, Oswaldo Guayasamín, Javier Ponce, Francisco Febres Cordero entre muchos otros. No se trata de acumular nombres de artistas y gente de ciencia y cultura, todo está en los libros, el que lo desconozca simplemente no los ha leído y por lo tanto ignora su contenido.

¿Por qué debemos adoptar una cultura ajena a la nuestra?

Porque esa es nuestra realidad y es el producto de una interacción cultural.

Porque nos guste o no, los españoles llegaron a América, de otro modo nuestra religión no sería la católica, nuestro idioma no sería el castellano.

En otros ámbitos, nuestro deporte favorito no sería el fútbol que fue inventado por los ingleses; nadie debería comer pizza italiana, hamburguesa americana, wantan chino o shawarma árabe.

Las corridas de toros son una manifestación esnobista y novelera de diciembre y no tienen ninguna trascendencia social.

A lo largo de la historia la fiesta de los toros se ha hecho presente en la sociedad organizando corridas y festivales taurinos benéficos. En España se realiza anualmente la Corrida de la Beneficencia para ayudar a instituciones sociales. El año de la tragedia del Nevado del Ruiz se organizó un festival que recaudó una cifra record a favor de los colombianos.

En el Ecuador se ha recolectado fondos, gracias a los festivales benéficos organizados por empresas y grupos de aficionados, a favor de muchas instituciones tales como: ABEI-niños-, Sociedad Cardiológica Ecuatoriana, Patronato San José, Hogar San Vicente de Paúl, Fundación Reina de Quito, Cruz Roja, Hospital del Niño, Niños de la Calle, Hogar San Juan de Dios, Niños Down, etc.

Además, no hay que olvidar que en alrededor de 150 cantones del país (de algo así como 216) se celebran festejos taurinos a lo largo del año.

¡Pobre torito!

Exclamación que la hacen las mismas personas que no se inmutan ni reparan en la situación de los niños de la calle, la violencia contra la mujer, la mendicidad, el desempleo, la infame insalubridad y mediocre educación que afecta al 85 % de los ecuatorianos.

Sería bueno instituir también una Sociedad Protectora del Ser Humano.

Al toro de lidia hay que dejarlo que viva tranquilo en el campo.

El toro de lidia como especie zoológica desaparecería si no hubiera corridas de toros, porque simplemente se dejaría de criarlo, cuidarlo y alimentarlo. Ciertos movimientos animalistas proponen que se lo deje tranquilo en el campo… ¿en el campo de quién?

Tal como las corridas de toros, también la guerra ha inspirado grandes obras de arte.

No se puede comparar los horrores de la guerra en donde la intención es eliminar a miles de niños, mujeres y ancianos inocentes. El efecto del arte en estos casos esta vinculado a la firme convicción del artista en provocar una reflexión para que estos horrores no se vuelvan a repetir. En el caso de las corridas de toros, resaltan la belleza del animal, el valor e inteligencia del torero y la estética que produce esta armónica conjunción.

Hay muchas muertes en las corridas de toros

24 de mayo de 1964.- Estadio Nacional de Lima: 300 muertos y 500 heridos, porque un árbitro anuló un gol de Perú en contra de Argentina.

1969.- El fútbol originó la guerra entre Honduras y el Salvador que provocó un número indeterminado de víctimas mortales.

1982.- Estadio Haarlem de Holanda, Copa UEFA: 50 muertos.

1982.- Estadio Pascual Guerrero de Cali: 22 muertos.

Mayo de 1995.- Estadio de Heysel Bruselas: Medio centenar de muertos.

1996.- Guatemala, eliminatorias: 89 muertos.

La Fiesta de los Toros genera riqueza solamente para los empresarios taurinos.

No solo para los empresarios taurinos, dinamiza la economía de las ciudades taurinas, genera empleo y provee de recursos económicos a:
Ganaderos, mayorales, veterinarios, vaqueros, personal de campo y proveedores de insumos agrícolas y veterinarios.
Toreros, novilleros, banderilleros, picadores, mozos de espadas, en activo y retirados (aproximadamente 120 familias).
Sindicato de Trabajadores de la Plaza de Toros Quito (50 familias); Trabajadores de las 17 plazas de toros estables y 2 portátiles en el Ecuador.
En Quito, 66 empleados para control de puertas y mantenimiento higiénico de la plaza, 10 personas para el manejo de corrales, 2 puntilleros por tarde, 6 empleados administrativos y 4 transportistas pesados, 2 familias de conserjes además de la Compañía de Seguridad contratada, 2 tramitadores para pago de impuestos municipales (año 2006 aproximadamente USD. 500.000,oo).
500 vendedores de comida dentro y fuera de la plaza.
Adicionalmente:
Hoteles
Restaurantes y bares
Agencias de Viajes
Comercio de Artesanías
Radiodifusoras
Canales TV
Periódicos, revistas y demás prensa escrita nacional e internacional.

LA FIESTA DE LOS TOROS ARRANCA LA MARCA DE NUESTRA HIPOCRESÍA PURITÁNICA Y TRANSFORMA LA MEMORIA DE NUESTROS ORÍGENES Y DE NUESTRA DEUDA CON LA NATURALEZA, EN UNA CEREMONIA QUE NO SOLO CELEBRA LA VALENTÍA, LA INTELIGENCIA Y EL ARTE EXPRESADOS CON BELLEZA, SINO ACASO LA REDENCIÓN”. Carlos Fuentes -escritor mexicano-

jueves, 10 de julio de 2008

Un patrimonio cultural de la humanidad: la tauromaquia o el arte de esculpir el tiempo



Por Francis Zumbiehl

6toros6/ No. 573/ 21 de junio de 2005

Para determinar en qué medida la fiesta de los toros pertenecen al mundo de la cultura, y no a una realidad simplemente violenta y cruel, arranquemos con una evidencia: la Tauromaquia es una puesta en escena de la muerte, desde luego no con el sadismo que denuncian los antintaurinos, sino en el mero sentido de una representación. Como la tragedia griega, la ópera italiana y la Semana Santa andaluza, la corrida arroja una luz cruda sobre el dolor, la sangre y la muerte para enseguida transfigurarlos por una catarsis artística peculiar. La belleza majestuosa del toreo hace la muerte aceptable, o mejor dicho, hace nacer la ilusión de que la muerte, se deja seducir y amaestrar por el arte. En este sentido, no hay nada menos “realista” que el toreo, porque todas sus expresiones responden a una exigencia absoluta de estética, y porque en sus mejores momentos nos deja pensar que la fatalidad y el miedo han perdido la partida, nos permite saborear un perfume de resurrección.

Por otra parte, la tauromaquia es un ritual con una escenografía rigurosa: los tres tercios equivalentes a los actos de una tragedia, la división del espacio (medios, tercio y tablas) y el repertorio de las suertes –de alguna manera unas figuras obligadas- sin olvidar los “cánones”: parar, templar y mandar. Sin embargo, este marco un tanto rígido no tiene otro objeto que el de escenificar la fragilidad, lo imprevisible, que constituyen el trasfondo de la función. El público está llamado a juzgar en el acto los logros y fracasos de los protagonistas. Como en la ópera, lo hace utilizando toda la escala de las manifestaciones, incluyendo los pitos y la bronca. Del mismo modo que el coro en la tragedia griega, el público en los toros no es un protagonista –ni debe serlo-, pero con sus reacciones subraya el color de ese momento único e irrepetible que se acaba de producir. Y hablo de coro porque la emoción compartida despierta una auténtica comunión que cuaja en el famoso “¡olé!” que miles de voces, sin haberse consultado, pronuncian en el mismo segundo ante la evidencia de algo bello o valioso. Es la unanimidad del entusiasmo que jamás se equivoca.

Arquitectura en movimiento

La reminiscencia platónica juega un papel central en la valoración de una tarde de toros. En efecto, hoy en día, más que nunca, la belleza del toreo exige la ligazón. El impacto emocional de un pase es aún mayor cuando se apoya en el recuerdo del pase anterior con el cual viene encadenado. La arquitectura en movimiento, edificándose de forma instantánea sobre la arena, da la impresión de que quiere elevarse gradualmente hacia una cumbre modélica que es como la coronación del conjunto, pero que se sitúa siempre más allá del presente, en un pasado mítico o en un porvenir hipotético. De ahí los dos sentimientos más constantes en un público de toros: la esperanza y la desilusión. Para evitar esta última, “antes que la faena marchite” –según la expresión acertada de Michel Leiris- el torero debe demostrar su agudo sentido de la medida, rematando a tiempo la serie. De lo contrario caería en el pecado mortal de “pasarse de faena”. En ese remate es la firma (como sabemos existe un pase del mismo nombre) que corresponde a la expresión tan genuinamente taurina: “¡Ahí queda eso!”, haciendo entrar la belleza recién acabada en la realidad sublimada del recuerdo.

La estética de un pase aislado se aprecia también por referencia a todos los pases de la misma índole embellecidos por la memoria. La memoria, en efecto, es tan fundamental en el mundo de los toros que sin ella no se pueden entender los ritos sociales que son como la antesala o el epílogo de la Fiesta. Me refiero a las innumerables charlas y tertulias que se celebran en peñas y bares. Detrás de las superficialidad aparente de estos coloquios se esconde el afán desesperado de luchar contra el olvido. Cada aficionado compara sus recuerdos con los del vecino para forjarse su propio tesauro de momentos cumbres y evitar que con el tiempo, como granitos de arena, escapen de los dedos de su conciencia.

Como se ha dicho de sobra, la corrida española es la expresión viva del mito de Teseo y del Minotauro, pero en su significado más hondo, la bajada a los infiernos. En la tauromaquia postbelmontina, la esencia del gesto torero consiste en hundirse en el reino de las sombras, de la animalidad y del mayor peligro. Hoy en día se torea bajando lo mano en lo posible, y acompañando al toro en la bajada, aunque sea con la mirada y con el movimiento de la cabeza si el cuerpo se mantiene erguido. Con la ligazón y con el temple, una tanda de muletazos se convierte en una larga travesía durante la cual el hombre va unido a la bestia, estando casi tanto en su poder como ella en el suyo, antes de emerger a la luz en el último momento con el pase de pecho o cualquier remate de filigrana. Esa luz cobra una intensidad especial por el hecho de haber atravesado la oscuridad. El torero triunfa plenamente en la medida en que ha sabido hundirse en los pases, asomarse al balcón en las banderillas, cruzarse con el toro en la muleta y dejarse ver en la suerte suprema.

Hemos dicho al principio que el arte del toreo despierta la ilusión de que la muerte se deja convencer, sino vencer del todo. Aquí no se viene a ver morir a un animal individual, lo que desde luego sería un acto de crueldad y de puro vouyerismo; se viene a ver una ceremonia en la cual la muerte del toro tiene un papel central (sin olvidar que ella representa también la nuestra, la de todos los mortales), pero cuyo fundamento al fin y al cabo es la comunión entre la vida y la muerte, la celebración de esta pareja esencial que abarca toda existencia. Ahora bien, todo es vital y mortal al mismo tiempo en la corrida, empezando por el toreo. La conciencia que tienen el torero y el aficionado de este arte singular está centrada en la evidencia de su realidad frágil y efímera, en el momento mismo en que intenta crear la ilusión de una eternidad no permanente. Ahí la clave es el temple, cuyo fin es alargar y lentificar un pase: en otras palabras, diferir la muerte inapelable de su belleza. El torero esculpe el tiempo como si pudiera adueñarse de él, pero sabiendo que es imposible pararlo. Cada segundo templado de toreo está envuelto por “esa muerte perezosa y larga”, tan bella como una nota musical en suspenso, última vibración del cante antes del definitivo silencio.

¿Y vamos a dejar que una de las expresiones más genuinas de la cultura y de la sensibilidad latinas, que comparten pueblos que se sitúan en las dos riberas del Atlántico, que forma parte, sin lugar a dudas, de lo que la UNESCO considera como patrimonio inmaterial, desaparezca de nuestro mapa y de nuestra conciencia?