lunes, 1 de junio de 2009

Filosofía del Toreo


POR JOSÉ MARÍA PEMÁNABC.
Madrid 23 de Agosto de 1951
Fotografía: Alfredo Pastor

No tenía por qué Manuel Sánchez del Arco, Giraldillo, hacer preceder su Filosofía del toreo de tantas pudorosas disculpas por haber acercado términos aparentemente tan distanciados. No han sido los revisteros taurinos, han sido los filósofos, los que han iniciado este acercamiento. La Filosofía, cada vez definida más laxamente, consiste en inquietarse sobre las cosas, todas. Se filosofa sobre el amor, los toros o sobre los jardines. Y se hace muy bien. Esa atmósfera existencial o vitalista que, de un modo u otro, reina en todo el pensamiento actual, urgía, ante todo, al filósofo a eso; a hablar de esas cosas; a ser leído por los toreros; a entenderse con los hombres de la calle. La gente empezaba a recelar de los filósofos, y si estos se mantenían cerradamente en sus aulas, utilizando sus lenguajes técnicos, se estaba viendo llegar el minuto en que les iban a perder del todo el respeto con un irresponsable "¿Y eso para qué sirve?" Pero los filósofos, a tiempo, les demostraron que aquello servía para hablar de toros, de amor o de política. Este libro de Giraldillo es la garbosa repuesta del revistero al filósofo.

Si el filósofo podía hablar del toreo, ¿por qué no iba a poder el revistero torear la Filosofía? Lo digo sin ironía ninguna. Se puede filosofar sobre todo, porque filosofía es todo lo que no es otra cosa: botánica, filología...o tauromaquia. Cuando se acaban las preguntas propias de estas ciencias o artes, y se continúa todavía preguntando, ya se está haciendo filosofía. Filosofía viene a ser lo que hablan sobre el toreo todos los que no torean. La audacia de Giraldillo está, pues, cubierta por millares de precedentes. En cualquier corrida ordinaria, el torero torea; y todos los demás filosofan. Y salvada así la licitud de la experiencia de Giraldillo, hay que agradecérsela mucho, porque era urgente y necesaria. Pocas cosas necesitan encajarse en conceptos y explicarse tanto como el toreo. No es ya por esa cuestión vaga y genérica de su crueldad que siempre nos ha desasosegado y que ordinariamente se ha liquidado con expeditivo "más lo eres tú", recordando el boxeo, la guillotina o la bomba atómica. Hasta a las razones más especiosas se ha recurrido para tranquilizarnos en esto de la crueldad. Se ha recordado, por ejemplo, que no un español bravío, sino el más racionalista francés, Descartes, sospechaba que los animales no eran más que máquinas de reacciones espontáneas y casi vegetales. La palabra "dolor", aplicada a los animales, es un término equívoco, porque, bien mirado, no sabemos lo que pueda ser un dolor no discernido por una inteligencia racional. Por eso Legendre sospechaba que el toro entra, sin doloroso esfuerzo, en el juego de la lidia y hasta que acaso le saca el gusto y se divierte mucho en ella.


También se ha tranquilizado a los escrupulosos explicándoles que, en definitiva, al toro no se le da tiempo a que le duelan mucho sus heridas, porque lo matan antes. Todo el que ha sido herido alguna vez sabe que no es el traumatismo de la herida lo que duele, sino la cura. No son los toros los que lastiman, sino los cirujanos. En este sentido, los toros son más felices que los toreros. Pero todos estos rodeos, un tanto insinceros, se han hecho inválidos ante la necesidad de razonar este punto de la crueldad no ya en la objetividad teórica de la fiesta, sino en la intimidad de cada uno. A medida que los "toros se han hecho más pequeños y se les han limado las defensas, nos hemos sorprendido todos protestando y reclamando la restitución de estos riesgos. Esto, bien mirado, es una atrocidad que está pidiendo a gritos un poco de filosofía para taparse y no quedar en desnudo instinto salvaje. Antes convenía filosofar sobre los toros por decoro patrio; ahora urge por el decoro personal de cada uno. Porque disimular el hecho es tonto. Nunca ha sido el toreo más estético, más exacto: nunca se han puesto más cerca los toreros de la fiera. Y, sin embargo, todo resulta inútil en cuanto "la fiera" no nos parece bastante fiera. Recibimos la emoción plástica del "ballet", pero no sentimos el nudo en la garganta, y advertimos la instintiva decepción de no haber venido a eso. De aquí el ciclón logrado por el torero Litri, sencillamente porque se las ha arreglado para encontrar la manera de volver a producir emoción trágica, de entrega y riesgo, aún con el toro actual. Por poco peligroso que sea el toro, cabe buscar el peligro de modo tan directo, que retorne el nudo a la garganta. Si el toro no da cornadas, cabe casi dárselas a él. Tampoco es muy peligrosa una bicicleta, y, sin embargo, si uno se pone delante en riesgo casi inminente de atropello, puede uno asustar suficientemente a unos espectadores... Giraldillo nos suministra una filosofía bella y suficiente para tranquilizamos sobre esos turbios deseos de más kilos y más puntas en los cuernos. Los toros son un sacrificio, un rito ancestral, no sanguinario, pero sí ineludiblemente sangriento. Hay que ligarlos con raíces micénicas, ibéricas y romanas de razas fuertes y solares. Los árabes nada tienen que hacer en este asunto. Esas plazas de estilo mozárabe no pasan de ser el tributo a una época cursi que dio ese mismo estilo a cosas tan poco árabes como las estaciones o las cervecerías, o tan universales como los evacuatorios. Toro y público son los dos elementos del rito. El torero es sólo un "oficiante" a nombre de la masa. Por eso, cuando da su estocada, la da vocalmente, con un aullido, todo el público. Por eso se protesta tanto del precio o de los sueldos de los toreros: porque siempre los fieles sienten repugnancia por lo que quita al rito su gratuidad. Y ya colocado el problema en ese terreno -sacrificio y rito entre toro y público-, todo se aclara y se tranquiliza.


Ese rito no existe casualmente desde el Redaño hasta las desembocaduras del Betis y el Tajo, salpicando a América, por casualidad. Existe como atávico rito de purificación y liberación de la crueldad animal y nativa, de esas ardientes razas solares. Según Sánchez del Arco, en los ruedos se han quedado, desaguadas en arte, muchas revoluciones potenciales. Todavía nos han quedado bastantes, creo yo; pero estoy dispuesto a admitir que de no matar tantos toros, nos hubiéramos matado unos a otros. Realmente, si se fija uno un poco, toda la crueldad del público de toros se dispara hacia el ruedo; en las gradas, salvo alguna bronca leve, hay mucha más guasa, risa, puros, novias y refrescos. De una corrida de toros sale el público tranquilo y sedante. Nunca sé que de una corrida saliera la gente para asesinarse o quemar conventos. Para estas cosas se ha salido de los Ateneos, de los mítines y aún de las cátedras. Es la inteligencia la que, cuando es cruel, lo es definitivamente, porque no se libera a sí misma tan estética y fácilmente como el instinto. Así, en el precioso libro de Giraldillo, los toros quedan explicados como una especie de gran drama sacroprofano. El caballo y el toro, las dos cumbres de la Zoología estética, debieran ser amigos. Pero el caballo traiciona al toro. Se deja domar por el hombre: y aún es él el que le sirve de instrumento para tentar o transportar a su amigo. Cuando, al fin, se lo encuentra el toro en la plaza, el caballo es su verdadero enemigo. La intervención del hombre es para librar a su aliado y pelear, luego, noblemente con el toro. Desde este punto de vista, la Tauromaquia es todo lo que se añade a esa pelea elemental de bestias, para abreviarla y disminuir los riesgos.

De ahí para arriba, lo cruel- los puyazos recargados o los pinchazos repetidos- es todo lo que contraría a la Tauromaquia; cuyas reglas vienen a resultar así como una especie de "cruz roja" de la batalla. Así entendido el rito, nos quedamos mucho más tranquilos y comprendemos que cuando pedimos más kilos y más pitones, no somos crueles, sino que velamos por la ortodoxia de la liturgia. Los toros son un gran drama elemental y sangriento, con la Filosofía al quite.

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