martes, 9 de diciembre de 2008

Oro, fiesta, sangre y sol



Por Edgar Dávila Soto

La fiesta brava esta a punto de comenzar, mañana radiante, flota en el ambiente un aroma a pasodoble. Almohadillas, sombreros, y vino tinto para saborear. Bajo el celeste cielo, el pañuelo rojo del presidente se muestra con orgullo. Grito rudo del clarín, ronco toque de timbal y “el paseíllo”, da principio a la milenaria fiesta. Bravía de terror y de alegría. ¡Oro, fiesta, sangre y sol!

El toro, en su rápido encuentro como sediento de palmas, flamante estampa, casta pura y pitones cornigachos, sobre seda carmesí. Chicuelinas, en fucsia del capote, con el toro que va y viene, juega al estilo Andaluz, en una clásica suerte complicada con la muerte y chorreada de luz. Adrenalina en el graderío, vino tinto, mujeres bellas y el grito de ¡Ole! a exclamar.

Ya vienen los picadores, mano dura, estribos de hierro y chaquetillas sin reflejo al ruedo, mientras el toro los mira, fijo, con su contemplación de sueño. Jabalina de la vara, voz del jinete atacante, y en el último puyazo, toro bravo contra el peto muestra su casta y bravía fulminante. Un quite por las afueras, con un estilo de verónicas, pone su nota arisca sobre el pisar del albero, y toca las banderillas y se pierden los piqueros por la puerta de cuadrillas.

Banderillas de lujo en las manos famosas, por las aberturas del perplejo silencio, se filtran los pregones y centellean los colores por el reflejo del radiante sol. Equilibristas sin cable, oro y seda carmesí, talle vertical, plástica de bailarín, pocos pasos al frente y algunos pasos de perfil. Ultimo par y en lo alto, rubrica de espuma gris, palmas, saludos y sonrisas, “DO” de pecho del clarín.

Comienza el arte a latir, entre el pitón y la seda, ritual de imponente, para empezar la faena. Ovaciones y abucheos se escuchan de los altos, y de un momento a otro, el toro mañoso y envuelto de bravura, propaga volteretas y quita su atadura. Tras cogida aparatosa, el torero valiente, continua con la izquierda, cuarto y quinto muy templado, sin titubeos ni enmiendas como arrancado torero de dos carteles de feria. Mantón de espuma en la arena, remata con “el de pecho”, labrada y noble celebra. El toro por la ovación, enviste con loca fuerza, de ella nace el pasodoble, el alma de una faena.

Terminó la lidia florida, y lucha para que cuadre, péndulo de trapo rojo busca que el toro iguale, lidia pura, pura lidia, sin adornos ni desplantes. Llego el instante final, un silencio impresionante, el acero se perfila, mucha mano mucho arte, en acecho la cintura para vaciar impecable, y en la muñeca un arroyo de coraje.

La estocada, cuaja de pañuelos que revolotean sin cesar pidiendo las orejas, mientras tanto corriendo los areneros, al sonar de la campanillas de plata, arrastran al toro, dándole vuelta al ruedo, haciendo girar la plaza cual carrusel de algarabía.

¿Quién no ha vivido esta armonía de colores y movimientos? No podrá juzgar a tan preciado arte.

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