Razón 15: La norma taurómaca consiste en afirmar que no se puede matar al animal sin arriesgar la propia vida.
Prueba fehaciente del respeto hacia el toro es que la corrida sólo se puede dar muerte al toro poniendo el torero en peligro de su propia vida. El deber de arriesgar la propia vida es el precio que uno tiene que pagar para tener el derecho de matar al animal. Lo que hace posible la necesidad de la muerte del toro (argumento 10) es la posibilidad siempre necesaria de la muerte del torero. La mayoría de normas que ilustran la ética taurómaca se inspiran en esta norma esencial: engañar al toro para no resultar cogido pero exponiendo siempre el cuerpo al riesgo de la cornada. A la inversa, si se vence sin peligro se triunfa sin gloria.
Razón 16: El toro no es abatido, tal como atestigua el ritual taurómaco.
La corrida de toros no sería nada sin un ritual. Desde el paseíllo inicial hasta las mulillas que arrastran el cadáver del toro, todos los actos, todos los gestos, todas las actitudes de los actores intervinientes están ritualizados y tienen su sentido. El ritual porta dos finalidades. Proteger simbólicamente los actos de un hombre que arriesga su vida de cualquier accidente imprevisible, al rodearlos de una tranquilizadora barrera repetitiva. Envolver con un ritual festivo y trágico a la vez los momentos en los que se juega la vida de un animal respetando (ver argumento 11) y por lo tanto singularizado. Al toro se le distingue como un ser vivo individualizado que cuenta con un nombre propio conocido por todos y con una procedencia genealógica sabida por los aficionados, y al que muchas veces se le aplaude su belleza, se le ovaciona por su combatividad, e incluso se le aclama como a un héroe. ¿Alguien hablaba de desprecio o de crueldad? Habría que hablar de admiración. (argumento 26)
Razón 17: El toro no es abatido, se le respeta en su propia naturaleza
El toro de lidia es un animal bravo, lo que significa que es por naturaleza desconfiado, taciturno y agresivo. Esta natural combatividad no tiene nada que ver con la del depredador azuzado por el hambre, puesto que el toro es un herbívoro, ni tampoco está vinculado con un instinto sexual, pues se manifiesta también ante individuos de otras especies. Para un animal como éste, una vida conforme a su naturaleza ``salvaje´´, rebelde, indómita, indócil, insumisa, tiene que ser una vida libre – por tanto la mejor posible. Y así, una muerte conforme a su naturaleza de animal bravo tiene que ser una muerte en lucha contra aquél que cuestiona su propia libertad, es decir, contra aquel ser vivo que le disputa en su terreno su supremacía. Éste es el drama que se muestra en el redondel: el toro libra su último combate para defender su libertad. ¿Sería más conforme a su bravura y a la propia naturaleza del toro vivir esclavizado por el hombre y morir en el matadero como un buey de carne?
Razón 18: ¿La mejor de las suertes?
Es debido a un proceso de identificación por lo que el animalista sólo es capaz de imaginar al toro como chivo expiatorio del hombre. También dicho proceso hace que algunos lo vean como víctima y no como combatiente. Así, puestos a identificarse con el toro propongamos a esos animalistas que se identifiquen con otras especies bovinas y pidámosles que elijan cuál es la mejor de las suertes: la del buey de tiro, la del ternero de carne (criado normalmente en batería y muerto a corta edad) o la del toro de lidia: cuatro años de vida libre a cambio de quince minutos de muerte luchando. Entonces la pregunta sería: ``¿con quién quiere usted identificarse?
martes, 20 de abril de 2010
viernes, 16 de abril de 2010
La Muerte del Toro ( Francis Wolff)
Razón 12: ¿Por qué matar a los toros?
La muerte del toro es el fin necesario dela corrida. Podríamos enumerar razones utilitaristas. El toro está destinado al consumo humano y en ningún caso puede volver a servir para otra corrida, por que en el transcurso de la lidia ha aprendido demasiado, se ha convertido en ``intolerable´´. Pero esto no es lo esencial. Las verdaderas razones son simbólicas, éticas y estéticas. Simbólicamente, una corrida es el relato de la lucha heroica y de la derrota trágica del animal: ha vivido, ha luchado, y tiene que morir. Éticamente, el momento de la muerte es el ´´instante de la verdad``, el acto más arriesgado del hombre, en el que se tira entre los cuernos intentando esquivar la cornada gracias al dominio técnico que ha adquirido sobre su adversario en el desarrollo de la lidia. Estéticamente, la estocada es el gesto que finaliza el acto y hace nacer la obra; la estocada bien ejecutada, en todo lo alto y de efecto inmediato confiere a la faena la unidad, la totalidad y la perfección de una obra. Estas tres razones son las que dan sentido a las corridas de toros.
Razón 13: Pero al menos ¿se podría no matar al toro en público, tal como prescribe la ley portuguesa?
Hemos recordado más arriba las razones esenciales (simbólicas, estéticas y éticas) de la muerte pública, fin necesario de la ceremonia sacrificial. Por otra parte es un error creer que una muerte ``ocultada`` sería ``menos cruel´´ para el animal. Es más bien lo contrario. Un toro que sale vivo del ruedo tendrá que esperar largas horas antes de ser llevado al matadero donde será abatido por el carnicero. Dejar el animal malherido y confinado en un espacio reducido sin opción a la lucha, sí que sería un auténtico calvario para él (ver argumento 8). La única beneficiada de esta solución sería la hipocresía: lo que no se ve no existe. (Tapemos la sangre y la muerte, lo esencial es que no se vean)
Razón 14: Todas las tauromaquias implican el respeto al toro
La corrida de toros es una de las formas de la tauromaquia. Existen cientos, de las que perviven unas cuantas decenas. En todas las sociedades donde han vivido toros bravos han existido alguna forma de tauromaquia, ora deporte, ora rito (en ocasiones ambos a la vez), ora caza solitaria, ora espectáculo de una lucha, ora gratuito desafío del hombre al animal, ora sacrificio ofrecido por los hombres a los dioses. El punto común de todas las tauromaquias es que ellas denotan la fascinación y la admiración que ejercen, en todo tipo de culturas, el toro y su poder, sea real o simbólico. El toro se transforma en el único adversario que el hombre encuentra digno de él. Es el animal con el que se puede medir con orgullo y que por consiguiente lo afronta con la lealtad que se debe a un adversario a su medida. ¿Podríamos demostrar nuestro propio poder ante un adversario al que despreciásemos y maltratásemos? En todas las tauromaquias, al animal se le combate con respeto y no se le abate como a un bicho dañino, ni se le mata de cualquier manera como a una simple máquina de producción cárnica.
La muerte del toro es el fin necesario dela corrida. Podríamos enumerar razones utilitaristas. El toro está destinado al consumo humano y en ningún caso puede volver a servir para otra corrida, por que en el transcurso de la lidia ha aprendido demasiado, se ha convertido en ``intolerable´´. Pero esto no es lo esencial. Las verdaderas razones son simbólicas, éticas y estéticas. Simbólicamente, una corrida es el relato de la lucha heroica y de la derrota trágica del animal: ha vivido, ha luchado, y tiene que morir. Éticamente, el momento de la muerte es el ´´instante de la verdad``, el acto más arriesgado del hombre, en el que se tira entre los cuernos intentando esquivar la cornada gracias al dominio técnico que ha adquirido sobre su adversario en el desarrollo de la lidia. Estéticamente, la estocada es el gesto que finaliza el acto y hace nacer la obra; la estocada bien ejecutada, en todo lo alto y de efecto inmediato confiere a la faena la unidad, la totalidad y la perfección de una obra. Estas tres razones son las que dan sentido a las corridas de toros.
Razón 13: Pero al menos ¿se podría no matar al toro en público, tal como prescribe la ley portuguesa?
Hemos recordado más arriba las razones esenciales (simbólicas, estéticas y éticas) de la muerte pública, fin necesario de la ceremonia sacrificial. Por otra parte es un error creer que una muerte ``ocultada`` sería ``menos cruel´´ para el animal. Es más bien lo contrario. Un toro que sale vivo del ruedo tendrá que esperar largas horas antes de ser llevado al matadero donde será abatido por el carnicero. Dejar el animal malherido y confinado en un espacio reducido sin opción a la lucha, sí que sería un auténtico calvario para él (ver argumento 8). La única beneficiada de esta solución sería la hipocresía: lo que no se ve no existe. (Tapemos la sangre y la muerte, lo esencial es que no se vean)
Razón 14: Todas las tauromaquias implican el respeto al toro
La corrida de toros es una de las formas de la tauromaquia. Existen cientos, de las que perviven unas cuantas decenas. En todas las sociedades donde han vivido toros bravos han existido alguna forma de tauromaquia, ora deporte, ora rito (en ocasiones ambos a la vez), ora caza solitaria, ora espectáculo de una lucha, ora gratuito desafío del hombre al animal, ora sacrificio ofrecido por los hombres a los dioses. El punto común de todas las tauromaquias es que ellas denotan la fascinación y la admiración que ejercen, en todo tipo de culturas, el toro y su poder, sea real o simbólico. El toro se transforma en el único adversario que el hombre encuentra digno de él. Es el animal con el que se puede medir con orgullo y que por consiguiente lo afronta con la lealtad que se debe a un adversario a su medida. ¿Podríamos demostrar nuestro propio poder ante un adversario al que despreciásemos y maltratásemos? En todas las tauromaquias, al animal se le combate con respeto y no se le abate como a un bicho dañino, ni se le mata de cualquier manera como a una simple máquina de producción cárnica.
martes, 13 de abril de 2010
La Muerte del Toro ( Francis Wolff)

Cuando los argumentos giran alrededor del dolor del toro comienzan a agotarse, el detractor de la fiesta escoge el nervio central de la lidia: la muerte. Preguntan: ¿por qué matar al toro? ¿Tenemos derecho a hacerlo? ¿Es necesario? Esta protesta sincera contra la muerte del toro se formula de manera confusa. No se sabe bien lo que se condena: ¿el acto de matar a un animal? ¿El hecho de matarlo para algo diferente de comérselo (como si el toro no nos lo comiéramos, y como si comer fuera la finalidad más elevada y la más defendible)? ¿O el hecho de matarlo en público? Habitualmente es ese último punto el que genera el mayor malestar, en la imaginación de la gente. No el acto en sí, sino su publicidad. Estamos rozando lo irracional. Nos damos cuenta de que, tras la ``defensa del animal´´, se disimula un malestar ante la visibilidad de la muerte. ``¿Ni valdría más ocultarla?´´
Razón 11: ¿Tenemos derecho a matar animales?
El respeto absoluto de la vida humana es uno de los fundamentos de la civilización. No sucede lo mismo con la idea de respeto absoluto hacia la vida en general. De hecho sería contradictorio con la idea misma de vida: la vida se alimenta sin cesar dela vida. Un animal es un ser que alimenta de sustancias vivas, sean vegetales o animales. Proclamar por tanto que todos los seres vivos tienen derecho a la vida es un absurdo ya que, por definición, un animal sólo puede vivir en detrimento de lo viviente. Los animales se matan entre ellos para cubrir sus necesidades, y no exclusivamente nutritivas (contrariamente a lo que comúnmente se cree), a veces lo hacen por agresividad, por juego, o por instinto de caza (como en los casos del gato, del zorro, o de la orca)… De la misma forma, los hombres siempre han matado animales: bien, porque tenían la necesidad de hacerlo para deshacerse de bestias dañinas (portadoras de enfermedades o causantes de plagas), bien para satisfacer sus necesidades, nutritivas o de cualquier otro tipo: cuero, lana, etc.; bien, por razones culturales o simbólicas (sacrificios religiosos, demostraciones cinegéticas, juegos agonísticos). Pero lo propio del hombre, que le diferencia de `` los demás animales´´, es lo siguiente: cuando mata un animal respetado (y no una bestia dañina de la que tiene la obligación de deshacerse), el acto de darle muerte va generalmente acompañado (en las sociedades tradicionales o rurales) de un ritual festivo o de una ceremonia expiatoria. Hay una excepción a esta regla: la muerte mecanizada, estandarizada, e industrializada de los mataderos. Ésta es fría, silenciosa, ocultada y – por decirlo de alguna forma – vergonzosa, que es lo que caracteriza nuestras sociedades urbanas. La corrida de toros satisface al mismo tiempo las necesidades físicas (el toro es comestible) y simbólicas (las corridas de toros son un combate estilizado y una ceremonia sacrificada). Y, al contrario del matadero industrial, siempre van acompañadas de todas las marcas de respeto tradicional hacia el animal: ritual regulado precediendo el acto y recogido silencio en el momento de la muerte. La pregunta del ``derecho a matar´´ animales se plantea por tanto mucho más ene l caso del matadero industrial que en el de la muerte del toro en el ruedo.
viernes, 9 de abril de 2010
EL SUFRIMIENTO DEL TORO ( Francis Wolff)
Razón 9: ´´ ¡Pero el toro no quiere luchas!´´
A veces se contesta a los argumentos precedentes con tal sentencia: ``el hombre (torero) lucha si quiere, elige arriesgar su vida; el animal, por el contrario, no elige el combate sino que está condenado a la lucha y a la muerte´´. Responde: es cierto. ¡Pero es que los animales en general no ``eligen´´ conscientemente una u otra conducta! Es decir, no se marcan un objetivo en su mente al que intentarían llegar por tal o cual medio requerido. Muy al contrario, actúan de manera conforme a su naturaleza individual o a la de su especie. De esta forma, un toro que acomete, que ve en cualquier intruso un adversario que debe expulsar y que ataca a un hombre ``que no le ha hecho nada malo´´, no actúa por ``elección´´ o por ``voluntad´´ consciente y clara, sino que su comportamiento obedece a su naturaleza, a su carácter, a la ``bravura´´ que está en él. ¡ Sin lugar a dudas, el toro no quiere luchar, pero no es por que sea contrario a su naturaleza el luchar (¡bien al contrario!) sino porque lo que es contrario a su naturaleza es el querer!
Razón 10: ``Pero la lucha es desigual: el toro siempre muere´´
Ante esta aservación, respondo: la lidia es una lucha con armas iguales, la astucia contra la fuerza, como David contra Goliat. Es también una lucha con suertes desiguales puesto que ilustra la superioridad de la inteligencia humana sobre la fuerza bruta del toro. Pero, entonces, ¿qué pretenden? ¿Qué las posibilidades del hombre y el animal fuesen iguales, como en los juegos del circo? Pero, si muriera unas veces uno y otras veces otro ¿sería más justa la lidia? ¡En absoluto! Sería, en todo caso, más bárbara. La Corrida de toros no es una competición deportiva en la que el resultado habría de quedar imprevisible. Es una ceremonia en la que al final se conoce de antemano: el animal debe morir, el hombre no debe morir (aunque puede suceder, que un torero muera de manera accidental, y que un toro, de manera excepcional sea indultado por su bravura). Esta es la moral de la lidia. Pero que sea desigual no significa que sea desleal. Justamente, la demostración de la superioridad de las armas del hombre sobre las del animal sólo tiene sentido si dichas armas (el trapío, los pitones, la fuerza) son potentes y no han sido mermadas artificialmente. Esta s la ética taurómaca: una lucha desigual pero leal.
A veces se contesta a los argumentos precedentes con tal sentencia: ``el hombre (torero) lucha si quiere, elige arriesgar su vida; el animal, por el contrario, no elige el combate sino que está condenado a la lucha y a la muerte´´. Responde: es cierto. ¡Pero es que los animales en general no ``eligen´´ conscientemente una u otra conducta! Es decir, no se marcan un objetivo en su mente al que intentarían llegar por tal o cual medio requerido. Muy al contrario, actúan de manera conforme a su naturaleza individual o a la de su especie. De esta forma, un toro que acomete, que ve en cualquier intruso un adversario que debe expulsar y que ataca a un hombre ``que no le ha hecho nada malo´´, no actúa por ``elección´´ o por ``voluntad´´ consciente y clara, sino que su comportamiento obedece a su naturaleza, a su carácter, a la ``bravura´´ que está en él. ¡ Sin lugar a dudas, el toro no quiere luchar, pero no es por que sea contrario a su naturaleza el luchar (¡bien al contrario!) sino porque lo que es contrario a su naturaleza es el querer!
Razón 10: ``Pero la lucha es desigual: el toro siempre muere´´
Ante esta aservación, respondo: la lidia es una lucha con armas iguales, la astucia contra la fuerza, como David contra Goliat. Es también una lucha con suertes desiguales puesto que ilustra la superioridad de la inteligencia humana sobre la fuerza bruta del toro. Pero, entonces, ¿qué pretenden? ¿Qué las posibilidades del hombre y el animal fuesen iguales, como en los juegos del circo? Pero, si muriera unas veces uno y otras veces otro ¿sería más justa la lidia? ¡En absoluto! Sería, en todo caso, más bárbara. La Corrida de toros no es una competición deportiva en la que el resultado habría de quedar imprevisible. Es una ceremonia en la que al final se conoce de antemano: el animal debe morir, el hombre no debe morir (aunque puede suceder, que un torero muera de manera accidental, y que un toro, de manera excepcional sea indultado por su bravura). Esta es la moral de la lidia. Pero que sea desigual no significa que sea desleal. Justamente, la demostración de la superioridad de las armas del hombre sobre las del animal sólo tiene sentido si dichas armas (el trapío, los pitones, la fuerza) son potentes y no han sido mermadas artificialmente. Esta s la ética taurómaca: una lucha desigual pero leal.
jueves, 8 de abril de 2010
50 razones para defender las corridas de Toros ( Francis Wolff)
EL SUFRIMIENTO DEL TORO
Razón 7: La adaptación fisiológica del toro a la lidia
El toro de lidia no es para nada un apacible rumiante. Es una muy especial variedad de bovino, lejano descendiente del uro, que vivió más o menos en estado salvaje hasta el siglo XVIII y que estaba dotado de un instinto de defensa de su territorio muy desarrollado, una forma de ¨fiereza¨ . El auge de las corridas de toros permitió la creación de grandes ganaderías en las que los toros eran y son criados en condiciones de libertad para preservar esa acometividad natural, a la cuál se le añadió un proceso selectivo en función de la aptitud de cada ejemplar para la lidia. Estas dos condiciones , la natural y la humana, crearon un animal original, una especie de atleta del ruedo, dotado de bravura, es decir, de una capacidad ofensiva para el ataque sistemático contra todo lo que pueda presentarse como una amenaza, y muy especialmente la intromisión en su territorio. Esta agresividad se observa desde el nacimiento: basta con ver un becerro recién nacido dando cornadas (imaginarias, claro) al hombre que se le acerca. Se manifiesta también entre los propios toros (las peleas por la jerarquía son frecuentes) e innegablemente contra el hombre, que no debe normalmente acercarse a ellos, sobre todo si están solos o aislados. Por eso no sorprende que los estudios de laboratorio del ya citado Juan Carlos Illera del Portal hayan demostrado que este animal, particularmente adaptado para la lidia, tenga reacciones hormonales únicas en el mundo animal ante el ¨dolor¨¨ (que le permiten anestesiarlo casi en el mismo momento que se produce), especialmente debido a la segregación de una gran cantidad de beta – endorfinas (opiáceo endógeno que es la hormona encargada de bloquear los receptores del dolor), sobre todo, cuando se produce en el transcurso e la lidia.
Otro descubrimiento que muestra la singularidad del toro de lidia en relación a las demás ¨razas¨ de bovinos es la talla del hipotálamo (parte del cerebro que sintetiza las neurohormonas que se encargan especialmente de la regulación de las funciones de estrés y la defensa) que es un 20% mayor que el de los demás bovinos - datos que es considerable. Todo esto no hace sino explicar las causas fisiológicas de un comportamiento que cualquier ganadero de toros de lidia o cualquier aficionado conoce (pero que ignoran todos los profanos) y que hace posible la lidia: el toro bravo, en lugar de sentir el ¨dolor¨ como un sufrimiento, lo siente como un estimulante para la lucha. Se transforma inmediatamente en una excitación agresiva.
Razón 8: Dolor y lidia
Ya hemos dicho (ver argumento 4) que, al contrario de los demás animales, el toro de lidia no reacciona a las heridas huyendo sino atacando. Es el único animal que, herido por los puyazos, vuelve a la carga para atacar al picador en lugar de huir de él (siendo la fuga la respuesta normal, naturalmente adaptada, al dolor). Sin embargo, esta reacción es perfectamente natural en un animal genéticamente predispuesto para el combate. Sabemos que en el ser humano sucede algo parecido. Miles de testimonios de soldados heridos lo confirman. Ellos explican no haber notado nada, o casi nada, de las graves heridas recibidas a causa del fragor del combate. Esto mismo les ocurre a algunos toreros cuando reciben una cornada, que comienzan a sufrir después de acabar la lidia. ¡ Cuánto más verdad es en el caso de un animal fisiológicamente dotado y genéticamente seleccionado para la lidia, y que no deja de combatir, mientras le reste un hilo de vida!
Razón 7: La adaptación fisiológica del toro a la lidia
El toro de lidia no es para nada un apacible rumiante. Es una muy especial variedad de bovino, lejano descendiente del uro, que vivió más o menos en estado salvaje hasta el siglo XVIII y que estaba dotado de un instinto de defensa de su territorio muy desarrollado, una forma de ¨fiereza¨ . El auge de las corridas de toros permitió la creación de grandes ganaderías en las que los toros eran y son criados en condiciones de libertad para preservar esa acometividad natural, a la cuál se le añadió un proceso selectivo en función de la aptitud de cada ejemplar para la lidia. Estas dos condiciones , la natural y la humana, crearon un animal original, una especie de atleta del ruedo, dotado de bravura, es decir, de una capacidad ofensiva para el ataque sistemático contra todo lo que pueda presentarse como una amenaza, y muy especialmente la intromisión en su territorio. Esta agresividad se observa desde el nacimiento: basta con ver un becerro recién nacido dando cornadas (imaginarias, claro) al hombre que se le acerca. Se manifiesta también entre los propios toros (las peleas por la jerarquía son frecuentes) e innegablemente contra el hombre, que no debe normalmente acercarse a ellos, sobre todo si están solos o aislados. Por eso no sorprende que los estudios de laboratorio del ya citado Juan Carlos Illera del Portal hayan demostrado que este animal, particularmente adaptado para la lidia, tenga reacciones hormonales únicas en el mundo animal ante el ¨dolor¨¨ (que le permiten anestesiarlo casi en el mismo momento que se produce), especialmente debido a la segregación de una gran cantidad de beta – endorfinas (opiáceo endógeno que es la hormona encargada de bloquear los receptores del dolor), sobre todo, cuando se produce en el transcurso e la lidia.
Otro descubrimiento que muestra la singularidad del toro de lidia en relación a las demás ¨razas¨ de bovinos es la talla del hipotálamo (parte del cerebro que sintetiza las neurohormonas que se encargan especialmente de la regulación de las funciones de estrés y la defensa) que es un 20% mayor que el de los demás bovinos - datos que es considerable. Todo esto no hace sino explicar las causas fisiológicas de un comportamiento que cualquier ganadero de toros de lidia o cualquier aficionado conoce (pero que ignoran todos los profanos) y que hace posible la lidia: el toro bravo, en lugar de sentir el ¨dolor¨ como un sufrimiento, lo siente como un estimulante para la lucha. Se transforma inmediatamente en una excitación agresiva.
Razón 8: Dolor y lidia
Ya hemos dicho (ver argumento 4) que, al contrario de los demás animales, el toro de lidia no reacciona a las heridas huyendo sino atacando. Es el único animal que, herido por los puyazos, vuelve a la carga para atacar al picador en lugar de huir de él (siendo la fuga la respuesta normal, naturalmente adaptada, al dolor). Sin embargo, esta reacción es perfectamente natural en un animal genéticamente predispuesto para el combate. Sabemos que en el ser humano sucede algo parecido. Miles de testimonios de soldados heridos lo confirman. Ellos explican no haber notado nada, o casi nada, de las graves heridas recibidas a causa del fragor del combate. Esto mismo les ocurre a algunos toreros cuando reciben una cornada, que comienzan a sufrir después de acabar la lidia. ¡ Cuánto más verdad es en el caso de un animal fisiológicamente dotado y genéticamente seleccionado para la lidia, y que no deja de combatir, mientras le reste un hilo de vida!
martes, 6 de abril de 2010
Mano a mano entre Morante y el escritor Antonio Gala

Antonio Gala: "Tú correspondes al toro en una historia breve y amorosa"
Morante de la Puebla: "Cuando mejor se torea es cuando más se sufre"
Confía en él como futuro del toreo auténtico. Lo profetiza Antonio Gala, de 76 años, escritor, y Morante de la Puebla, de 28, se esfuerza por ser fiel al anuncio del autor de La pasión turca. Gala porta su bastón de Manolete y el maestro aparece con sombrero panamá, fumando un habano. Beben whisky con cola y vodka con limón en un hotel de Alhaurín el Grande (Málaga).
Jesús Ruiz Mantilla
EL PAÍS - 5-08-2006
Antonio Gala y Morante de la Puebla en Alhaurín el Grande, Málaga. (JULIÁN
ROJAS)
Antonio. Te cuento dos cosas sobre el toreo que me han marcado. Una vez,
Irene Papas me dijo que los occidentales veíamos la tragedia griega como un
espectáculo, cuando en realidad es un ceremonial, un rito. En los toros sucede
igual. Otra, que una vez le pregunté a Manolete qué era lo más difícil de torear, y me respondió: "Lo más difícil no es que el traje pese, que sean las cinco y haga calor, que el público chille y no sepas por qué, no son las embestidas. Lo más difícil es que, además de todo eso, hay que estar bonito". Tú dime: ¿Por qué eres torero?
Morante. Yo de siempre he querido ser torero. Es como un instinto.
Antonio. Claro. Está muy bien dicho eso de instinto. No una vocación, un instinto.
Morante. Un instinto oculto, como animal. Uno es torero y ya está. Y no por ponerte delante de un toro lo eres. No todos los que se colocan delante de un
toro tienen ese instinto.
Antonio. ¿Qué diferencia hay entre los toreros profesionales y los artistas?
Morante. Profesionales somos todos. El artista es bohemio y tiene cosas de
locura, quizás.
Antonio. ¿Hablas de ti?
Morante. No, no. No me gustaría hablar de mí en ese aspecto. El profesional es ese que no quiere dejar malamente a nadie, voluntarioso... El artista es aquel capaz de crear, el que guardas en la retina y lo saboreas, otra cosa.
Antonio. Sabes que la gente hace siempre esa distinción.
Morante. Sííí. Ya. "Es muy buen torero". Cuando dicen eso, malo. Es muy buen torero. Los toreros son toreros, ni buenos, ni malos. Quien sabe percibirlo es una atracción. Muchas veces un toro te excita. El toro que tiene una embestida buena, huy. Muchas veces, hoy, salen toreros que quieren hacer las cosas bien, muy perfectas, pero ése no es el camino.
Antonio. Hablas de manera muy especial porque tú no sólo eres torero por instinto, es que tú toreas con instinto. Tú correspondes al toro en una especie de historia de amor, breve y amorosa.
Morante. Cuando yo estuve tan mal, me ponía delante del toro y le transmitía
todas mis penas. Es una especie de dios toro al que le dices: "Ahí va eso, ayúdame". Y creo que cuando mejor se torea es cuando más se sufre. Cuando
pasas miedo y hay algo que no comprendes.
Antonio. Yo te he visto siempre a ti al nivel del toro, en un diálogo establecido. Siempre me ha sorprendido esa soledad pasmosa entre el torero y el toro, esa noche de bodas. Unos dicen que no existe la marca España, y yo creo que sí, que hay dos; una, el flamenco, y otra, los toros. A mí me llevaban a los toros desde chiquito mi padre y Machaco, Machaquito, así que tengo los toros en la masa de la sangre, aunque hay 13 sociedades protectoras de animales que se llaman Antonio Gala.
Morante. ¡Qué más da! Si yo soy de los que más quieren al toro... Pero da lo mismo. El toro, quien no lo sienta, no lo puede comprender. ¿Qué les digo?
Antonio. Nada. Oye, aparte de torear, ¿tú que haces?
Morante. Me gusta mucho jugar al fútbol. También me gusta no hacer nada.
Antonio. ¿Ni leer?
Morante. Leer sí me gusta, pero por la noche, para coger el sueño.
Antonio. ¡Serás cabrón! ¿Te acuerdas de esa época en la que existían los toreros de relumbrón, que se juntaban con artistas, escritores, pintores? ¿Tú te reúnes con ese tipo de gente? Porque eres un torero muy atractivo para eso.
Morante. Yo estoy muy a gusto aquí, contigo. Pero no voy buscando eso. Pero tengo una preguntita. Más que el torero buscar al poeta ha sido al revés. Hoy está mal visto hablar de toros. ¿Los toreros de hoy son menos románticos o los escritores de hoy tienen temor a hablar de eso? Falta un poco de valor para hablar de toros.
Antonio. El toreo es un fenómeno singular en sí mismo. Hay una cosa sexual. La palabra excitación la dices mucho. Es una ceremonia tan rara, un señor que se viste para matar con elegancia y llevar la muerte en brazos al toro. ¿Quién crees que es el protagonista, el toro o el torero?
Morante. Los dos. Es una comunión, y cuando no sale, me siento ridículo. Cuando un toro no te ofrece eso, me siento ridículo y te ganas una bronca. Pero no tiene sentido. Hay que matarlo y ya está. Y si te pegan una bronca, uno se siente torero. Yo quería preguntarte de tu niñez, cuando ibas con tu padre a los toros.
Antonio. Yo aprendí a callar en los toros, a respetar y a callar. El ruido me molesta tanto, forma parte de un espectáculo que se aprueba y desaprueba a destiempo, hay que respetar lo que se está haciendo abajo.
Morante. En Cataluña no dejan entrar a los niños a la plaza. ¿En algo negativo te influyó a ti el toreo?
Antonio. No, no. Todo lo contrario. Yo llevo el toreo dentro de mí. Es la creación de la belleza. Eso hoy el público no lo conoce y no lo aprecia. Como la lentitud, puede ser un fenómeno estético como un cuadro de Picasso o Velázquez, y efímero, además.
Morante. Lo que se hace rápido no dura. Las cosas grandes de la vida se han
hecho despacio. Y es difícil que te enseñen eso. Pasa como con las toreras. A mí no me gustan porque lo hacen como si fueran hombres. No he visto una torera femenina, y el toreo tiene que ser una expresión propia.
Antonio. Las enseñan a ser toreros. Pero es que el torero, en la pareja final, es
la hembra, es la mujer. El que conduce, seduce, embebe.
Morante. Totalmente.
lunes, 5 de abril de 2010
50 razones para defender las corridas de Toros - El sufrimiento del Toro ( Francis Wolff)

Sin embargo – dirán los escépticos - sigue quedando claro que el toro sufre durante la lidia y por tanto, ¡es insoportable! No sabemos demasiadas cosas sobre el dolor animal, que sin duda existe, hecho que no implica que podamos compararlo con el sufrimiento humano, ya que el animal es instantáneo y no va acompañado de la conciencia reflexiva que aumenta el desamparo. Tampoco podemos olvidar que, en el mundo animal, el dolor tiene esencialmente un valor positivo y un sentido utilitario: poner en marcha la reacción adaptada, que consiste generalmente en evitarlo o rehuirlo. ¿Qué es lo que podemos saber des sufrimiento del toro durante la lidia? A continuación algunas razones.
Razón 6: El estrés del toro
Para un hombre del siglo XXI, el dolor es el peor de todos los males pues le deja completamente impotente. Para ciertos animales, algunos males son peor que el dolor, por ejemplo, el estrés que experimentan cuando se encuentran en una situación insoportable o un entorno inadaptado a su organismo. Los estudios experimentales del profesor Illera del portal, Director del Departamento de Fisiología Animal de la facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid, han demostrado (a través de la medida de la cantidad de cortisol producida por el organismo) que el toro de lidia sufre más estrés durante su transporte o en el momento de salir al ruedo que en el transcurso de la lidia; y que incluso el estrés disminuye en el curso de la pelea. Es lo que ya sabían- a su manera- los ganaderos y o que confirma el simple sentido común. Para un animal como el toro de lidia, habituado a vivir en libertad en grandes espacios y responder a las amenazas de su territorio con el ataque sistemático, la contención es mucho más difícil de soportar que la lucha. En el ruedo, el toro reencuentra su familiar propensión a la defensa del territorio en contra del intruso.
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