viernes, 11 de abril de 2008

Evolución: de dios al Toreo/ Nochetriste


Por Nochetriste

El mundo es producto de procesos naturales de evolución, a nosotros, en este escrito, son los sociales los que nos interesan. Las revoluciones quitan una cáscara y ponen una nueva, hasta que esta se desgaste y venga la renovación. Pero hay ciertos espacios con muy poca capacidad de renovación. Hablaremos aquí de los toros y la religión.

El mundo de los toros trae condumio de solera. Las tradiciones marcan el funcionamiento de la fiesta y entre tercios y suertes se descubren largos siglos de vida. De todas maneras ha habido momentos de cambio que sacudiendo la fiesta nos han traído hoy, al momento más elevado de la historia del mundo de los toros.

La religión sigue teniendo clavado a dos pedazos de madera contrapuestos a un dios sangrante que mira las injusticias y les quita la cara. Un dios que representado por sus sotánicos curas, no alcanza a ver la propagación de enfermedades venéreas en el África mientras los preservativos se pudren entre el índice de su inquisición. Una religión que mantiene el celibato en un mundo que en la explosión sexual encontró sus raíces.

Cuando Juan Belmonte revolucionó el toreo, se quedó quieto ante los ojos de los ortodoxos e impuso la utilización de burladeros para mermar sus falencias atléticas, los sacerdotes taurinos creían que era el fin de la fiesta. El toreo renació, descubrió su más pura esencia, cambió las lógicas gravitacionales y elevó vuelo en sus primeros intentos.

Cristo. Aquel ser humano extraordinario que logró que dos mil años después de su muerte sigamos mirándolo como una deidad, fue ese de carne y hueso que peleó contra las desigualdades, contra un proceso de conquista romana que no solo excluía al pueblo judío sino que lo miraba xenofóbicamente. Ese Cristo que seguramente pecó tantas veces como cometió milagros, no era el que criminalizaba la homosexualidad, el que rechazaba a las mujeres que abortaban acusándolas de asesinas, el que despreciaba los revolucionarios y se vestía de lujosas pieles. Cristo, el de entonces, el personaje revolucionario, era uno que creía en el cambio, que murió por el cambio, que fue torturado por un imperio y sacrificado en vano.

Mientras decenas de caballos eran arrastrados por la pureza de la fiesta. A algún revolucionario, con naciente conciencia ambiental, se le ocurrió poner una protección a esos caballos que vendados los ojos eran sacrificados sin sentido alguno. Los sacerdotes ortodoxos que profesaban liturgia taurina enunciaron fecha y lugar del final de la fiesta.

El toreo renació, descubrió su más pura esencia, cambió las lógicas gravitacionales y elevó vuelo en un segundo momento. Luego vinieron muchos más, Manolete y la ligazón, Paula y el arte, Tomás y la colocación…En vano moriría Cristo porque le creímos dios y bajamos las virtudes de un hombre extraordinario a la normalidad de un dios crucificado. Le trataron tan mal que le tocó solo un tercio de dios.

Cuando son sus pecados, sus miles de pecados quienes construyeron ese hombre, no su maquillada y virginal impolutez; sus aventuras, las reales, deben haber sido fascinantes, sus años de adolescencia en los que negó ser dios una y mil veces, sus enamoramientos, sus amores, sus lágrimas, su descarnada humanidad. Lo mataros sus discípulos que en nombre de la diosa pureza nos quitaron su maravillosa vida y sus reales enseñanzas.

Al toreo no podemos perderlo en esas manos. Nos hemos sacudido de dichos ortodoxos, ora porque de viejos murieron en sus lamentos, ora porque no son capaces de seguir la vorágine de los tiempos.

Es momento de pensar en la fiesta con relación al mundo en que vivimos. Amamos la fiesta exactamente como es, pero debemos ser capaces de entenderla en su real dimensión, pues a mi que me sobra de placer al ver una verónica torera, también me cabe la sensación de que podemos pensar que nuestra fiesta es cruel y a momentos salvaje. Nuestro arte debe refinarse en nuestras manos, sin perder su esencia; pues si dejamos esto a manos ajenas, la perdición es lo que nos queda. A un mundo que se torna cada día más verde no le podemos negar las posibles modificaciones que necesita nuestra particular liturgia.

Para anquilosados y misas, tenemos los domingos de luto.

La maravilla de la fiesta de los toros es su lujuria, sus colores y cóleras, sus momentos de tensión y de placer, los gritos y los olés, la libertad, el valor y la belleza. Todo ello no puede ser borrado por los vestigios medievales que prefirieron quemar libros que ofrecérselos a las mentes ávidas de sensaciones.

Me pregunto si por quitarle humanidad los discípulos cristianos habrán borrado de la vida de su maestro alguna anécdota de un par de naturales a uno de los minotauros de entonces . Si así fue, seguramente cristo era de los de arte, de los caprichosos muleteros que con dos detalles contentaban al gentío. Solo sus sacerdotes habrían callado los olés, criticando su colocación, su falta de técnica, o su inevitable irregularidad.

Cristo fue de arte, humano de carne y hueso que en su afán de cambio nunca negó la posibilidad de un mundo revolucionariamente distinto y profundamente artístico. Nuestra fiesta lo es, no podemos dejarla naufragar entre lamentos del pasado.

miércoles, 9 de abril de 2008

VIVIR EN TORERO/ Juan Bernardo Cevallos




Por Juan Bernardo Cevallos



Las ganas de sentir ese cosquilleo en el hotel,
Aquella sobria incomodidad al apretarse la taleguilla,

La devoción al encomendarse a los santos,
La necesidad de pegar un forzado al pausado y eterno momento antes de salir.
Vivir en torero.

La gratitud de saludar con el aficionado,
La certeza de escuchar con atención los consejos del experimentado subalterno,
El conteo para que se acaben los sustos en el callejón.
Mucha suerte y enhorabuena pa’ todos; aquí salimos a matar o morir.
Vivir en torero.

El garbo del lento caminar en el paseillo,
Los pies dibujando cruces en la arena,
Algunos golpes en la madera de las puertas,
El desfile acompasado por el “run-run” que proviene de los toriles.
Vivir en torero.

No más de tres verónicas de salón terminadas con una media.
A taparse; pues comienza otra historia.
Abaniqueos y comentarios embellecidos con delantales de color rosa y amarillo
Se complementan de pedazos de polvo que buscan nublar el mágico momento.
Jamás se encontrará en otro que hacer tal sentimiento.
Vivir en torero.

Un “Vamos ya” que viene desde lo profundo del alma.
Consentir al burel por delicados doblones.
Conseguir ligar arte y despaciosidad,
El doblarse en los riñones.
Vivir en torero.

“Ole por ti y por tu madre chaval”,
Salen desde los labios de aquel anciano que jamás desconfió de su pupilo.
De aquel quien supo ver en esos derechazos defectuosos, algo de duende y estilo.

Los apéndices, las puertas grandes, el sentarse en hombros,
Ya vendrán.
Por ahora haz lo que te gusta; vive como te gusta.
Vive en torero.

jueves, 3 de abril de 2008

Los de arte y los demás/ Nochetriste




Por Nochetriste

El mundo de los toros debe ser de los más duros que pueblan nuestra tierra. Y es aún más duro para los de arte. Los otros por último echan rodilla en tierra, hacen que el majestuoso coree uys en lugar de olés.

Fue José Tomás quien puso esto así, el maestro del Uy. Ahora todos quieren uys y los olés se quedaron bien guardados en casa. Este de Galapagar se pone donde los otros ponían los trastos de torear. Sus gaoneras son ceñidísimas, reñidísimas con la gravedad y sin duda con la estética. Pero todas atraen uys que levantan a los aficionados, muchos, o casi todos ellos, buenos aficionados. Se las pega a todos los toros y con un puñado de naturales, otra vez ceñidísimos y remates sin enmendar, más ceñidísimos aún, corta ceñidísimas orejas, de esas que miden setenta centímetros pues nacen de los ojos del animal muerto, de tan merecidas que son.

Los de arte necesitan el son del toro, el ritmo de la embestida, la bravura entendida en recorrido, humillación, fijeza. Todas ellas juntas pero además que vayan de la mano del estilo, del antojo del artista, acaso hasta del humor del día del creador. Eso han sido los toreros de arte, aquellos que no pueden pintar cuando hay una construcción en el edificio de al lado; músicos que no dan un concierto si su melodía no termina de salir; escultores que no entienden la armonía de las formas en excéntricos vértices.

Los unos son artistas excelsos, los otros albañiles que hacen buena letra. Pero hoy hasta eso ha cambiado. Los de arte salen, no la ven clara -como lo han hecho el puñado de toreros del arte que han existido en la historia- y en el momento que vive el toreo, hasta deben pegar un rodillazo, mejor si el de salida, mejor en la puerta de toriles. No olvido los de Morante en Sevilla en el 2007, o Manzanares padre en Quito en su despedida.

Las cosas están para que hasta los de arte se dejen tragos de traición. Mi consuelo es que el arte no puede colmar las estanterías de la historia, para que este exista la vulgaridad debe tener su lugar. No en vano Manuel Benítez brindaba circo mientras abonaba el camino para la entrada del cante de Curro y Paula.

En el mundo que nos tocó vivir es posible que toreros tan malos como el Fandi – extraordinario banderillero e hiriente muletero- triunfe al lado de toreros opacados, toreros de enorme clase que no suenan más, como Juan Diego, Manolo Sánchez o ese que ya se fue, despechado del maltrato: Fernando Cepeda. Existe y hasta triunfa Serafín Marín –escupitajo a la estética-; se consagró y se retiró rico Dávila Miura como ¡torero de Sevilla¡ -es para morir si lo ponemos al lado de Joselito el Gallo, Pepe Luís Vázquez, Curro o Morante- y hoy aparece como promesa Talavante- copia de Tomás, a momentos más inteligente, pero copia, mala copia, xeroxcopia-.

Los otros, los que pueden terminar por irse del despecho, de la desidia, del abandono: Juan Diego, en plena edad para dejarnos un puñado de verónicas que no se le olviden a la historia del toreo; Manolo Sánchez, de los de clase que se derraman, que organiza corridas de toros, no para hacer dinero, sino para verse en el vestido de luces, para que los que lo vean se arrepientan del mundo del toro que nos tocó vivir; o Cepeda que enseña a torear a un Perera que les puede a los toros, pero que por talla y estética en el trazo del toreo que lleva dentro, debería ser delantero del Badajoz, mientras el mismo Fernando levantaba a Sevilla con su aroma al solo caminar.
Aún así, cuando ya no había esperanza, vuelve le arte.

Morante sigue vivo, loco, loco de atar, pero vivito y toreando. Bordando el torero cuando le da la gana y paseando una burra con sombrero de copa del aburrimiento de competencia que tiene.

Y Manzanares hijo que emulando la clase de Ordóñez y sacando la sangre de cada una de las letras de su apellido nos deja claro que el futuro es nuestro.Mientras más se toree, mientras más intenten evolucionar esto, se darán cuenta que es lo estético lo que evoluciona, nunca lo técnico.
El toreo es un arte no una ciencia, para eso ya hay premios noveles, y no me imagino a esos viejos metidos en mandiles pegando una media que merezca la pena.

También nos queda el Paula. De él nadie puede olvidarse. Por ahí, decide cumplir su palabra, olvidarse y hacer que los años olviden sus rodillas y ponerse nuevamente frente un toro. Ya ni me importa que no los mate, que casi ni los toree, si es capaz de una sola media. Con ella les taparíamos la boca a todos los insulsos que creen que esto es de técnica. Él mismo decía que el arte es al toreo lo que la técnica a los reparadores de refrigeradores.

Yo me apunto al cante y al toreo, dejo el ruido y las lavadoras para otros.

lunes, 24 de marzo de 2008

A MI AMIGO MARIANO/ Remigio Hurtado

En los cuarenta años de su alternativa


Por Remigio Hurtado Astudillo.
Cuenca, marzo de 2008


Cuarenta años frente a los pitones
Como se fue el tiempo
Cuanta gloria tuviste
Pero también cuanto sufriste

Nos diste grandes momentos
Y con oles te aclamamos
Pero también algunas tardes
Que sustos pasamos

¿Acuérdate ?
Cuantos toros
Cuantas cuadrillas
Cuantos oles
Cuantas orejas
Cuantos rabos
Cuantas puertas grandes
Seguro… perdiste la cuenta

Y se fueron los años
Entre gloria, gritos y dolores
Pero todavía te quedan unos cuantos
Para que vivas con esos recuerdos




Al torero ecuatoriano, Mariano Cruz

domingo, 16 de marzo de 2008

Cuando el teatro tiene aroma de torero…/ Esteban Ortiz Mena


Por Esteban Ortiz Mena
tomado de http://elalbero.blogspot.com/



Cuando fui al Teatro Sucre a ver a I Solisti Veneti -orquesta italiana de cámara- hace un par de meses, lo primero que se me vino a la mente fue el sabor y el recuerdo de una plaza de toros. No pensé que mi afición me llevaría a tanto, pero inexplicablemente fue lo primero que se me vino a la mente. Si bien tengo un gusto por los toros, no pensé que hasta en un teatro me iba a pasar… sin embargo así fue.

Si ustedes se fijan bien, cuando vayan a un teatro estoy seguro que les pasará lo mismo que a mí: al principio me comencé a fijar en la gente, sobre todo en lo que hacía: descubrí que la mayoría de los asistentes, además de acomodarse en sus butacas, leían atentamente el programa de mano. Si bien no consta la genealogía de la bravura como en los manuales que reparten en las plazas de toros, constaba la historia del concertino… que es como saber lo mismo.

También, otros, conversaban con sus acompañantes: estoy seguro que los temas de las conversaciones giraban alrededor de política o chistes sobre sexo. Pero nadie, o muy pocos, hablaban sobre la obra que iban a presenciar. A este murmullo de espera acompañaba el sonido de los instrumentos afinándose. Todos los presentes, estoy seguro, estaban ansiosos de que empiece la obra.

Lo mismo ocurre en una corrida de toros. El espectador va a disfrutar de un evento que no conoce: la incertidumbre del espectáculo lo hace maravilloso. La música, la danza, el teatro son expresiones irrepetibles en cuanto a la expresión e inspiración de los actores y lo que, al expresar, nos hace sentir. El toreo, en cambio, es completamente nuevo. Se reinventa todos los días ya que la improvisación es la base de cada tarde. Las faenas no se componen como las letras de una canción, la partitura de un concierto o los guiones del teatro; se realizan de acuerdo al toro, al viento, al estado de ánimo… es decir, a las condiciones de cada tarde.

Pero la gran mayoría de espectadores no entienden lo que van a ver: simplemente van a disfrutar. Y de eso se trata.

Sale el toro, se abre el telón… es como oír la Quinta Sinfonía de Beethoven: Pa pa pa pammmm. Sin necesidad de saber qué notas son las que interpreta la orquesta, el momento en que nuestro oído escucha la caricia de los violines y el alma siente la fuerza del contrabajo, se nos pone la piel de gallina y se nos humedecen los ojos. Así cautiva Beethoven, capta nuestra atención inmediatamente. Ni bien nos acomodamos en nuestras butacas, experimentamos un clímax indescriptible.

Los toros, en cambio, nacen de la opción de unos hombres que se juegan la vida por el placer de generar, en los demás y en sí mismos, sensaciones indescriptibles: ese pa pa pa pam de Bethoven que estremece cuando sale el toro a la plaza y el torero lo desafía, con una tela en la mano, totalmente solo en medio del albero, llega a transformar la materia irracional del acto en armonía y belleza, en plasticidad perfectamente controlada. En aquellos instantes únicos, el hombre se convierte en un poeta, o en un artista, que viene a ser lo mismo.

Porque los toros, y todo lo que los rodea, son pura estética y sensibilidad. Cualquiera que posea sensibilidad estética y se haya acercado a una plaza de toros habrá percibido, inevitablemente, el valor del espectáculo. Si le gusta o no en su conjunto, si entiende o no su sentido profundo, eso ya dependerá de cada quien, pero no podrá permanecer indiferente ante el juego de formas y colores: la gracia de los movimientos, el ruedo dorado, el brillo de los trajes, la armonía y el colorido, los contrastes de luz… Basta tener los ojos -y la sensibilidad- bien abiertos para que nos inunde su belleza insólita, ese ballet estilizado que burla a la muerte.

De vuelta al Teatro Sucre: cada rincón se inundaba de los acordes que empezaban a sonar. No tenía idea de qué notas tocaban, con qué instrumentos lo hacían, pero me encantaba escuchar lo que la orquesta italiana estaba interpretando. Claro, muchos entenderán de música, pero la gran mayoría no logramos racionalizar el milagro que está ocurriendo -¿acaso importa?-. Aparecían instrumentos que nunca había visto, movimientos que no sabía que existían, divisiones de la obra que para el común de los espectadores pueden carecer de sentido. Por ejemplo, luego me enteré que esa guitarrita de apariencia chistosa y sonido cómico se llama mandolina… claro, como el libreto no estaba en español sino en italiano, a pedido de la orquesta, los espectadores comunes no podíamos presumir a nuestro vecino de butaca que sabíamos el nombre de la “guitarrita”. Y eso no sólo me pasaba a mí. Sin embargo, inexpertos y entendidos, estábamos ahí, disfrutando y contagiándonos de una representación que, aunque no se conozca a plenitud, se aprecia y se siente. Eso es precisamente lo que ocurre en los toros. Pensaba cómo toda esa gente, la gran mayoría ignorantes atrevidos como yo, sin saber de música, nos deleitábamos con los compases y el ritmo de una obra magistral. Sin saber lo que escuchábamos, lo sentíamos y cada uno creía que entendía, porque el arte es emoción universal… ¡eso es torear!

Los lances de Carmina…

Ya me había entrado el gusto por ir al teatro y no podía dejar de ir a escuchar la cantata Carmina Burana… ¡impactante! Otra vez pensé en toros.

Volví a tener esa sensación de que pronto va a empezar, esa ansiedad para que se levante el telón, que salga el toro… hasta que sentí los primeros acordes de Carmina Burana. Karl Orff me recibió de entrada con una tanda de doblones, sometiendo al toro de primera con muletazos largos (sin preámbulo de capote, picador ni banderillas), intercalados por ambos pitones y ejecutados de manera pura: largos y profundos por debajo de la pala del pitón. Así se torea, imponiéndose al animal (que en este caso era yo) para captar su atención. Eso es lo que hace la música, de buenas a primeras, los acordes captan la atención del público, con la tersura de cada nota y la armonía de cada compás.

El teatro retumbaba, todos estábamos hipnotizados ante la resonancia de las voces de esta maravillosa cantata escénica. Mientras la música sonaba, podía ver cada lance, cada verónica que acariciaba la embestida del toro. Carmina Burana experimentaba momentos de una intensidad única, como la que se siente en una plaza cuando los toreros derrochan arte. De verdad, podía ver la armonía y suavidad con la que se ejecuta una verónica… como uno de aquellos movimientos de la orquesta.

¡Qué maravilla! Sin conocer de música, podía apreciarla, no sabía lo que me pasaba, mi ignorancia no era obstáculo para dejar de apreciar tan maravilloso arte.

Sin duda, hablar de toros y hablar de arte es una tarea difícil. Nos vemos desbordados por una pasión, porque el arte apasiona y enamora... Por que, a pesar de todos los esfuerzos, como dice Antonio Caballero, es difícil explicar “por qué la música es un arte, sin oírla. O por qué es un arte la pintura, sin verla. Música para sordos, pintura para ciegos. Uno no puede contar una sinfonía, ni explicar un cuadro…”. Los toros tampoco se explican…

Mejor pruébelo… disfrútelo y luego hablamos.

martes, 12 de febrero de 2008

"Cuando no se comparte una pasión, basta con abstenerse"/ Juan Fernando Iturralde

Por Juan Fernando Iturralde

"Cuando no se comparte una pasión, basta con abstenerse"… A propósito así era el título de un gran editorial publicado en el diario francés "Le Figaro" en el que, una firma independiente y neutral sale en defensa de las corridas de toros ante la oleada de ataques desatada este verano en Francia por diversos famosos, como el cantante Renaud y la actriz Brigitte Bardot, junto a Jean Claude Van Damm (el drogadicto más grande y pegón de reporteras en la vida real) que se muestran partidarios de su abolición (síntoma indudable de que la fiesta brava en Francia va viento en popa). El artículo es como para aplicarlo y calzarlo perfectamente en nuestro medio. El autor del editorial, Yves Thréard quien no es aficionado a los toros, asegura que "hay asuntos más importantes que debatir" y pide al Gobierno francés que "no ceda ante las vedetes que necesitan hacerse publicidad" y que pretenden hacer creer que la muerte de los toros en los ruedos "por el solo placer perverso de algunos aficionados les es insoportable". "Se puede ciertamente comprender", argumenta el editorialista, "que la tauromaquia no sea del gusto de todos; concebir que parezca cruel, reconocer que sea inútil. Pero, con ese razonamiento, cuántas actividades deberían ser proscritas, apartadas del alcance de los hombres. ¿Se prohíbe la Fórmula 1, mortal y jugoso espectáculo que se ofrece a los amantes de la velocidad? ¿Se indigna uno de que la caza todavía esté autorizada? No todas las pasiones son vicios. Cuando uno no las comparte, basta con abstenerse"...

Yo personalmente conozco a una activista antitaurina, pero apasionada por la pesca… ¿Qué diría ella de que se le prohiba realizar la actividad recreativa que más le gusta? El editorialista también asegura que los toros son "una tradición a la que no le falta majestad cuando el talento de los actores aparece. Es una práctica cultural anclada en no pocas regiones del planeta, que conviene respetar".

Con frecuencia quienes quieren su desaparición son curiosamente los mismos que se quejan de la uniformización y globalización del mundo y luchan por la persistencia de las identidades. “Su cruzada es tan ridícula como la violencia de sus declaraciones", añade. "Deseemos", concluye el editorial, "que la Unión Europea no aseste un día la estocada a la corrida. Y saquemos rápidamente el pañuelo blanco para que cese la bronca idiota que se agita en el calor del verano"… (Finalmente la fiesta brava salió ilesa con una abrumadora votación europarlamentaria que encontró importante que los pueblos mantengan sus identidades).

Por mi parte, pienso que discutir que las corridas de toros no son una manifestación cultural es querer tapar el sol con un dedo y creo que, en ese aspecto, es un debate ya superado.
Pero este no es un escrito para defender la tauromaquia ni mucho menos. Es una advertencia del surgimiento de la intolerancia en nuestro medio: estoy más que seguro que tras la protestas antitaurinas se camufla una reminiscencia fascista: prohibir lo que no entienden, insultar a otras actividades que no les gustan, atentar a la diversidad y distintivo cultural, etc. utilizando para ello las más perversas mentiras y echando mano de campañas de menos que medias verdades y las falsedades más absolutas, además con jugosos ingresos de ONG´s extranjeras que les financian como ya es muy bien conocido. Y, claro, para que el dinero llegue hacen que el escándalo sea tan alto y llegue a los medios, para decir que trabajan, aunque luego se compruebe que todo era una falsa alarma. Consideran asesinos, por ejemplo, a los pescadores artesnales de Puerto López o Salango, donde no les importó que podrían dejar a miles de hombres, mujeres y niños en la miseria y hambruna más grande. Una vez recogida la protesta en TV, radio y prensa, llega el cheque y todos felices por que “se ve que trabajan” y además, se acerca diciembre…
El insultar, vejar, humillar, censurar, prohibir, agredir a alguien por que tiene una ideología distinta, el odio irracional a un conglomerdo humano o una forma diferente de ver el mundo tiene un sólo nombre: fascismo.

Lastimosamente para los fascistas en general y los antitaurinos en particular, el mundo corre hacia una reafirmación de los conceptos de la democracia donde es vital este tema que tanto desconocen ellos y que es el derecho a la libertad de expresión cultural. Ese es el signo del S XXI. Y a medida que este concepto vaya calzando en nuevas generaciones, la tauromaquia y otras actividades ancestrales seguirán vivas, amén de alguna dictadura o algún despropósito fascistoide que logren temporalmente estos nuevos dueños de la única verdad que son los antitaurinos. La intolerancia es lo que ahora más enfrenta a los humanos y está en nuestras obligaciones principales y más acertadas educar a nuestros hijos para que aprendan a aceptar y respetar a los distintos conglomerados humanos con sus raíces, diferencias, historia, tradiciones y cosmovisión… Ese será un mundo mejor para nuestros hijos y no el que ellos quieren imponer.
Con su enfermiza animadversión y brutal ensañamiento dedicado a la fiesta brava, a sus actores y a sus aficionados y asistentes (esa es la conclusión que se saca cuando a uno le consta que entre los más asiduos activistas detractores de la tauromaquia se encuentran aficionados a la pesca, cazadores, entusiastas de las parrilladas, etc… curiosamente en estas actividades su “conciencia animalista” sufre un lapsus temporal) han llegado, cegados por este odio fascistoide, incluso a pedir audiencias en los colegios y escuelas. (!)

¿Qué le parecería a usted, padre o madre de familia, que en las escuelas se permita ingresar a estos grupos extremistas para vender, con mentiras y exageraciones, un odio a todo un colectivo humano, a sembrar entre los niños la intolerancia a diferentes manifestaciones culturales, a incentivar entre los niños y jóvenes el irrespeto a la diversidad cultural?... El director/a o rector/a de cualquier centro de educación que acepte esto, tal vez, de manera ingenua, no se da cuenta del peligro en el que está poniendo a su alumnado.

La intolerancia es producto de la ignorancia y se puede entender en algunas personas sin mayor soporte intelectual, pero hacer gala de ello, es algo execrable y que siempre el sentido común, la urbanidad y la historia han condenado. Al contrario, es conocido que entre los más asiduos aficionados a la tauromaquia es común encontrar gente ilustrada y con mucho fondo cultural, amén de que los más grandes intelectuales del habla hispana (y otros de diferentes lenguas) eran y son grandes entusiastas de las corridas pero, más importante que eso, defensores a ultranza de la diversidad de culturas y la libertad de expresión artística, como lo es, gracias a Dios, la gran mayoría de los habitntes de nuestros pueblos, independientemente de sus gustos y pareceres.
Puede haber gente que piense que una corrida de toros puede resultar arcaica y medieval. Yo contestaría que eso sería olvidarse que el expresionismo cultural y la identidad no conocen de tiempos, épocas eras y años: son un rasgo distintivo entre sociedades, etc. Y podríamos enfrascarnos en una enriquecedora conversación y discusión, siempre que exista el respeto que debe existir. Por el contrario el pretender imponer una tesis por la fuerza, las censuras, prohibiciones, persecuciones y mentalidades inquisidoras, esta absoluta minoría de “los antitodo”, eso sí que ya resulta arcaico, medieval e inaceptable actualmente. ¿A quién le declararán su guerra unilateral luego? ¿Contra quién volcarán después su odio y fascismo?, ¿Quiénes serán después el blanco de los insultos más procaces y rebuscados? ¿Los aficionados a la pesca recreativa? ¿Acaso los pescadores artesanales? ¿Los vendedores de hornado tal vez? ¿Los hijos de los faenadores del camal? Y llegando más lejos ¿Los guerreros Massai del Africa que luchan a muerte con un león como rito de iniciación guerrera como parte de su acervo cultural? ¿Los aficionados a las carreras equinas?... La verdad es que, cuando los “antitaurinos” hablan de “humanidad” se ponen en evidencia, pues no se necesita más de dos dedos de frente para darse cuenta que son precisamente ellos los que no tienen el humanismo suficiente como para aceptar el derecho de los hombres a una manifestación cultural y preferir, en vez de ello, la salud de un perro o una mosca… Y nuestros hijos pueden ser víctimas del odio, la irracionalidad, el irrespeto y el fascismo que esta gente trata de sembrar en ellos, con tanta furia, con tanto fanatismo y tan frenéticamente contra cualquier actividad cultural que no les parezca.
Es por este tipo de actitudes e irracionales campañas emprendidas sin estudios ni bases, a través de la sensiblería y el fanatismo, que el presidente y fundador de la mismísima “Greenpeace”, Björn Oekern, renunció en el 2004 al cargo de Director de Greenpeace International por estar en desacuerdo con las tácticas y métodos de la organización para recaudar fondos y para las causas que se emplean, acusándola en un caso en particular de que "nada del dinero recaudado fue usado por Greenpeace para protección del ambiente", pero además, y haciendo referencia a este tipo de movimientos emprendidos por las filiales que hoy nos ocupan, agregaba que consideraba que “Greenpeace se ha convertido en un grupo "eco-fascista” (Tomado del libro virtual “Mitos y Fraudes” escrito por varios autores para la Fundación Argentina de Ecología Científica FAEC, http://www.mitosyfraudes.org/).

La libertad de expresión cultural es actualmente la vela que puede y debe iluminar los oscuros caminos del S XXI y el conocimiento de la relación hombre / naturaleza depende completamente de ella. Y he sido testigo de que esta salvaje y fascista –aunque pobre en argumentos y razones- arremetida antitaurina decembrina, molesta e incomoda inclusive a mucha gente que disgusta de la corrida de toros, pero que ama el estado de derecho, las libertades del ser humano y comprende la necesidad de defender la libertad de expresión cultural en todos los pueblos y conglomerados humanos.

La pregunta que hay que hacerse es ¿se debe consentir que los antitaurinos que se creen superiores al resto, dueños absolutos de la verdad, impongan su ideología y le insulten, agredan, censuren, prohiban culturas a otros por no pensar igual?... De esto siempre se alimentó el fascismo y en eso precisamente consiste.

jueves, 7 de febrero de 2008

Una conversación agradable

“A la gente le gusta sentir. Sea lo que sea”, escribió Virginia Wolf en su diario. Y nosotros creemos lo mismo. A pesar de que es una afirmación muy compleja, nos concentramos en la parte alegre de las emociones. Esas que hacen erizar la piel

Los toros, sin duda, provocan sensaciones inexplicables. Justamente, Somos Ecuador organizó un conversatorio con los toreros que participaron en la Feria Nuestra Señora de la Merced de la ciudad de Ambato 2008 donde tuvimos la presencia de Vicente Barrera, Domingo López Cháves y Guillermo Jarrín.

Los toreros no sólo son artistas dentro del ruedo. De todos modos, al ser el toreo un arte en movimiento, las vivencias van más allá de lo que ocurre en el ruedo. Existen sensaciones: miedo, frustración, alegría, pasión, entrega, etc. y eso los vuelve humanos. Por eso, fue una noche agradable, llena de vivencias y anécdotas que los toreros compartieron con los presentes.

Encontrar un espacio fue fundamental: Ambato y una feria. Y ahí fue donde estuvo Somos Ecuador.